Me azora tanto tu amor que una leve caricia de tus manos o un somero roce de tu mejilla logra enfriar la viveza de cualquier fuego. No olvido, Vida mía, la valía de tus dedos, de tus ojos o de tus finos labios. Qué prodigiosa capacidad posees que restauras todo calor, incluso en el mismísimo invierno.
Sollozo de gozo en el sillón del salón, plaño como niño trastocando el teclado y un sinfín de veces me desvelo, o acaso es un continuo vuelo, en la abisal inmensidad de un Cielo. Ciego de tan enardecida reverberación de Mar, de su insofocable apego y su disperso azuce de luz.
¿Por qué me anidas dentro de tu íntima y tibia roca? acaso este corazón mendigo, que a veces se tortura desgraciado y otras es afortunado, fuga con tino dándote cálidos besos. Esquivo la nostalgia de mi faz, mi Amor, mi Niña, al perseguir tu raudo paso y advertir que ahí, a tu lado, no voy. Sabes que estos labios se agrietan sin el absorbente ahogo de tu boca, que en tu ausencia me centro tanto en el mudo teléfono que muero en ese pequeño hueco.
Ábrete paso entre las calles, entre la insondable sima de este espacio que nos separa y cruza con valor y disimulo la fiera brasa de los ojos avizores. Ven como dócil pluma o presta flecha a concederme la lacerante miel de tus ojos, a pasear juntos y desatar los deseos de corazones amortajados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario