Tras un millar de mensajes, otro regalo.
Me desnudo tal Adán, no con una hoja
de tantas, sino con el laurel que desalo
en este soneto que en tu noche se aloja.
Versos de amor, fugitivos y esclavos,
baladíes tránsfugas de esta boca roja
que se anclan al asilo de luceros flavos.
Un vals celeste para que tú lo acojas.
Estimo que en oscuro desván del cielo
un lirio espera que quiebre su cintura,
que caiga extenuada en dulce sueño.
No, sin que antes, esos labios de locura
me den la ambrosía que más quiero,
su saliva hialina, de la luna más pura.

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