miércoles, 19 de marzo de 2025

Amar con fervor

 




Los padres aman con fervor sincero,
a sus hijos, su hogar, al pueblo entero.
Manos temblorosas y alma paciente,
protegen y enseñan a sus descendientes.

Padre que se desvive por su querida
esposa, con ardor que agota en vida.
Mas no sólo de su sangre florece
el amor, en su hijo enraíza y crece.

No deambula azaroso, sin destino,
sino busca amor por su camino.
Es semilla en la tierra extendida,
en cada acto que gasta su vida.

Hoy, día del padre y de San José,
recibo felicitaciones de bien.
… a mi familia, que brinda en voz,
les dedico alegría con este son.

Gracias, por vuestros mensajes
y por leer estos versos, mis pasajes
de amor, de ternura sin límites,
de un padre, sin más, que aquí sigue.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Tutoría con mi Petri




Traté las desordenadas palabras que saltaban de neurona en neurona y, al cabo de un rato, con cinco estrofas, sentí la necesidad de enviárselo en un mensaje. Repetí la lectura y repujé la escritura, hasta que quedó bien pulido, con su necesaria y propia luz y sin excederme con deslumbrantes agasajos, pero sí con su justa claridad, como la de un río de aguas limpias, que sacia la sed del corazón con suaves escorrentías de amor.


A sabiendas de mi debilidad,

de esta perversa timidez

que me arresta sin claridad,

como si un malvado juez

me tabicara en la soledad,

preciso en esta primera vez

un gesto limpio, de verdad,

que me barrunte seguridad

para reducir mi estupidez.



Ayúdame, mi Flor, a ganar

cierta confianza para pasar

el mal sabor de la humildad.

Pues temo que no sea capaz

de entablar una relación

de profesional, una ilación

entramabos, … algo cordial.



Sí, aun obre con respetuosa

cortesía, es esta torpeza

la que me desluce con alevosa

y malograda desvergüenza.



Quizás, maestra, le sea soez

con mi febril forma de ser

o, acaso, la ponga nerviosa

con remilgos de bienquerer.

Pero, en serio, sólo una diosa

enfervoriza la caprichosa

educación de este corazón.



Cuando se acalle el calor

me encantaría quedar.

Mas, antes de charlar,

me apresuro a confesar

que la calorina del amor

no pasará y, aun muriera,

quedará ahí, en ti, afuera

de este desvalido cuerpo,

trascrito en pobres versos.

sábado, 6 de febrero de 2021

Asumiéndolo como compromiso




Así lo haré, Lorena, asumiéndolo como un compromiso forzoso e irrefutable, como un deber divino en el que echo todo mi empeño. Me rendiré a Ellas al igual que me tiendo a sus divinos pies de Virgen. Seré fresco y esponjoso herbazal para que paseen ligeras sobre mi cuerpo. Además, podrán andar descalzas y sentir como el viento palpa sus dedos y sus tersas plantas, … y enjuagaré su piel a cada paso que den, … y jamás permitiré que se atribulen por la falta de mimos. Mas, si demandasen zapatos para salir a pasear, que no teman si caminan sin ellos, pues les ofreceré mi lengua como suela de sandalia, para que graven sus huellas de dama sobre este cóncavo espejo; o podrán calzarse mi boca, como si fuese zueco de cuero para pasar sobre los empedrados, y que no teman que, desde el primer paso hasta el último, les garantizo que soportaré cuantas horas de procesión me exijan, además les masajearé sus dedos y sus leves puentes como si fuesen pellas de harina en mi ensalivada boca, con cientos de indelebles besos.

domingo, 24 de enero de 2021

Afortunadas caricias



Qué afortunada por las caricias

de tus yemas, que cálidas delicias

ignoran los demás y que siento

en besos, como finas primicias

en versos sumamente lentos.



Paladeas mi fino vello y te envicias

en libar los poros, un atrevimiento

de afecto tan suave como el viento.

Deshilachas mi alma y la limpia

para apercibir el apreciado sentimiento

de tus dedos, para deshacer la asfixia

de este torso aún sanguinolento.

Mi amor, con tus mágicos ungüentos

me has devuelto una sonrisa idílica

y una dicha que amerita envidia.













sábado, 23 de enero de 2021

Me llamo Lorena


 

Del vientre de la madre Tierra, 

latente desde que Eva pariera. 

Como semilla yerma de hiedra, 

grana que se desluce en desierta 

insensibilidad; pesada condena 

que sobrelleva la mujer. Negra 

agonía, enferma de dolor y pena, 

de ahí mi fino nombre: Lorena.

Enamorado

 


    Como ya habéis notado en esta lectura, mi corazón se ha enamorado de forma apasionada de una divina Virgen y, por tanto y sin más remedio, me es indispensable hacer un inciso para aclarar el porqué de tan arrebatador sentimiento. Debéis comprender, que sería de necios continuar si antes no pormenorizo sobre su lactescente piel y sobre sus suave y maravillosos pies de porcelana. Esta encomienda que ahora asumo, os puedo asegurar que, desde un principio, es faena imposible de completar, pues cada poro o cada ápice, aun sean singularmente pequeños, como sus meniques, o novedosamente llamativos como sus pulgares, son ideales fuentes de dulcísimos néctares; o el seductor alaveo de sus empeines o las exquisitas trazas de sus admirables plantas, conllevan la ardua labor de editar un vademécum en donde se puede consultar cada micra sus sobrehumanos pies. Emprendo esta compleja y envidiosa obligación por sus invalorables dedillos, opíparas golosinas tildadas con unas láminas vidriadas exquisitamente abrillantadas, tanto como los infinitos espejos que pulimentan las superficies de las aguas mansas. Así son, arrebatadores desde el delicioso menique hasta el enmelado pulgar, cuatro confitados dedillos y el pequeño levemente guardado para disfrutarlo después, tras ensalivar mi boca con su enmelado dedo anular. Son como caramelos de nata, dulzainas que nacen desde el escarchado azúcar cande y que inundan la piel de sus golosos pies.

    Cómo anhelo un paseo eterno por esa nívea dermis, … tan desconocida para mí. Caminaría despaciosamente, para extender el tiempo que me concediese de forma infinita, avanzaría tímidamente y su permiso, pero no apoyando mis pies, sino mi lengua, para libar con detenimiento cada uno de sus poros. Sí, con similar devoción a la de una hembra por su ángel recién parido. Aguardando a que, tras cada lamido, sonriese de amor. Está claro que, aunque su piel segregue salitre, esa argéntea planta, o su sutil empeine de porcelana o sus golosos caramelos de azúcar, me llevarán ensimismado a lo largo de la vida y al caer la infinita noche, cuando sobrepasaré la latitud de la realidad, soñando con ilusión su agradable sabor en mi boca, lengüeteando la pureza de sus pies.