Qué afortunada por las caricias
de tus yemas, que cálidas delicias
ignoran los demás y que siento
en besos, como finas primicias
en versos sumamente lentos.
Paladeas mi fino vello y te envicias
en libar los poros, un atrevimiento
de afecto tan suave como el viento.
Deshilachas mi alma y la limpia
para apercibir el apreciado sentimiento
de tus dedos, para deshacer la asfixia
de este torso aún sanguinolento.
Mi amor, con tus mágicos ungüentos
me has devuelto una sonrisa idílica
y una dicha que amerita envidia.

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