martes, 20 de noviembre de 2012

Felicidades mi Niña


     He de tener un corazón inteligente y asumir con integridad los errores que cometo así que, si se me cae una piedra, no he de esconder la mano. Puedo asumir que me perdonas pues de mi boca brotan palabras al azar, igual a las plantas que crecen de forma inesperada. Seré, Amor mío, más comedido, hortelano que escudriñe cada ápice que eclosiona en forma de voz, procurando hacer un vergel con la mies que disemine al aire.


     Una equivocación en lo impreso es más miserable e imperdonable; si tropezara de madrugada, en plenas facultades, me vería impotente, mate, y tendría que pedir ayuda para levantar. Me abrumaría mezquino, cabizbajo día tras día, dejando que el sarro carcomiera mi columna…, jamás me podría mirar al espejo y el dolo me mataría.

     Contigo, mi Niña, debo ser sumamente honrado, increíblemente grato e invertir cada segundo de mi vida en lograr un único deseo: ser tu maravilloso Amor. Así que no puedo escoger metáforas que generen híbridos simples ni textos deslucidos, sino he de elegir semillas puras o, si acaso, mixtura reestudiada de índole artística que se alcen como cíclopes y te abracen frondosos y frescos. Un cántico loco, mágico, incluso a nivel cuántico, que hechice cada rincón de tu corazón hasta el punto de pulirlo en vivo, desentrañar cada mácula que lo desluce y tallar la gema en bruto que eres, sacar el inconmensurable diamante que amparas en tu pecho.

     Mi Niña, cuando leo tu texto me ciego en haces de esmeralda, me ahogo en fuente de aguas de Juvencia; cuando suena el teléfono me descorchas el alma como achampanado volcán de oro, plata y platino y corro hacia ti, Vida mía; y cuando te escucho o estoy a tu lado, me descubres el significado de la luz de Galilea y a tropeles surgen mis emociones, geiseres de palabras de un corazón indómito que loa a bellísima Mujer, allá donde esté me postro a ti, mi Meca de Amor; y si me besas, mi Niña, sueño despierto y me torno universo de leyes propias, evadiendo todos los confines de lo conocido, tu Luz que penetra en mi vida y transforma todo lo relativo a realidad a belleza inadmisible.

lunes, 19 de noviembre de 2012

A dormir


     Bueno, voy a seguir aserrando espinos para hacer picón y a la noche, en el sillón, sobre mis piernas y cubierta hasta el cuello, mecernos abrazados y calentitos. Además, del cobre de ajo que cuelga del dintel de la chimenea, cogeré dos cabezas hermosas para asarla a fuego lento en el brasero y con un chusco de pan tostado cenaremos templando las manos.

     De postre, mi Vida, desgranaré en un cuenco de barro los rubíes rojos de una granada madura, bañados con un vasito de vino tinto y nevado con el azúcar una cucharada sopera. No asgas, Amor, la cuchara, deja que yo tome con la punta dulce caldo y diamantino grano y sonriente humedezca tus labios de acaramelado zumo. Mi Niña, deja que la semilla rubí se embeba del jugo de tu saliva y reviértemelo en apasionados besos que pincelen de caramelo mis labios y mi vida.

     No temas, mi Amor, que yo pelaré los dientes para no quemar tus dedos y desganaré las dulces gemas para no ennegrecer tus yemas. Y después de cenar limpiaré la mesa, las cáscaras de los dientes de ajo, de la granada y las migas de pan; mientras tú, bellísimo Amor mío, terminas las cosas de los niños.

      Y entrada la noche, cuando tus pómulos canela se enrojezcan por el purpúreo vino, te llevaré a la cama ebrio de felicidad, te descalzaré con mimo, desvestiré la prenda que me permitas y haciendo el amor penetraremos juntos en los sueños que a diario hemos de llevar a cabo.

No he de perder segundo, no quiero obviar ademán alguno ni olvidar el más mínimo pensamiento que dicta mi corazón.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Hola mi vida




     ¡Hola mi Vida!, estoy aquí contigo, tras el escaparate del despacho, envidiando la exposición de limpísima tarde que resta después de la lluvia. ¡Síííííííí¡, Mi Vida, aquí, bajo las yemas de mis dedos, me incitas audaz a recoger la esencia del día o quizás me invitas a deambular por la feria particular que tú inauguraste tras mi sien. ¡Oooh! sí, y todo escanciado en hojas de emociones que alcanzarían a empapelar el mundo.


     Secándome los ojos tras voltear el rostro y perseverar sin pestañear por hallarte acá adentro, donde me aguardas y te guardo; arrugándome las manos por recoger haces húmedos de hojarascas de otoño que dan de respirar al suelo y lo enternecen como lecho, que alientan el sueño y lo desvanecen en el pecho; aguantándome el deseo de abocar desmesuradas serojas de amor sobre tu cuerpo, no quiero raudales ascuas doradas que agrien la sangre sino luces otoñales que fermenten un humus bajo tu piel y broten como retoños perennes de Vida; marchitándome como luna albina que se desvencija por desvestir el tul de luz de mi amada Tierra, la marea azul que arropa su piel canela, deja que lentamente retire el frío manto oceánico y me ampare junto a tu cálido cuerpo. Me es absolutamente necesario el baño entre los pétalos naturales de tu pelo, una sumersión perfumada entre rizos castaños que son de fuego.

     Ya llega la noche y se duerme la vida tras el escaparate de mi ventana, mas yo sigo aquí adentro, a tu lado, caligrafiando vuelo que tiembla sobre hojas de pétalos rosas. Ahora mi alma sencilla es nube que se viste ala de lana, que se zambulle en la oscuridad de la noche, que corre sobre las copas de los árboles y se hilvana como gota pura de rocío en el remanso de hojas para mi Amada. Presto atención al plácido canto que vibra en mi interior, a gorjeo de alondra y, si agudizo el sueño, inhalo el susurro del árbol, de la hojarasca seca que quiebra, de la hierba que se agita inconsciente apoyada entre los brazos del céfiro. Respiro sumergido entre el heno húmedo que deja la lluvia al empapar el suelo, entre el vaho que anubla mis gafas, entre los canalones que caen tras la ventana y ahí se trasluce mi bellísima Vida de fragantes pétalos rojos, de profunda mirada de pájaro, que sesga con prudencia mi pecho para rebosar mi corazón con tropeles de amor.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Palabras a mi Caramelo


     Mi Amor me retiro deprisa a la cama para levantarme muy temprano, y así lozano, tener tiempo de rebuscar dentro de mí tu reflejo y transcribir de forma apropiada que prefiero depositar el libro de Palabras de Caramelo sobre tus finas manos. El lunes, por ejemplo, a salir de las tareas te entretienes comprando el pan y yo muy deprisa, tras recoger a los niños, voy allá donde estés, tomo de tus manos un pellizco de miga tierna, atrapo y encierro una caricia de tu brazo, un mechón de tu ondulado y, de veras, de tu adulado y hermoso cabello y te llevas, mi Niña, el libro.



     Mi Amor te ansío tanto que ciego y trémulo me precipito como animal, en vez de arrodillarme dócil. No debo entrar en portal de hogar, esta felicidad que a diario nos ciega debe continuar así, invisible. Un aire nuestro en el que abrimos el pecho, sin dolor y sin necesidad de alas, en el que volamos aligerados batiendo sentimientos, cruzando miradas... así mejor mi Vida pues no soporto que los avatares conturben tus ojos abisales.


No llores porque la distancia nos separe
piensa sólo en el amor que hemos vivido.

Yo así, mi Vida, lo acepto,
sueño con tu recuerdo
entre copos del cielo…

Mientras vivas tú,
siempre ahí contigo.

Todo, no lo entiendes…
Mi arroyo eres tú
y la yerba soy yo.
Palabras a mi Caramelo

Largo y tendido contigo



     Libre en la naturaleza como el aire que se tiende sobre la pradera y separa la frescura de la ansiada hoja, giran las aldabas de las mantas, se enfría la franela y deja escapar la belleza de talud pasional. No desistiré, nadaré transido sobre las frágiles olas de la colcha y me sumergiré a diario en las golosas cabriolas de tu Mar. Abre con arrojo la marea y envuélveme entre las crestas de tus olas, descorre el cirro blanco que oculta los tenues alcores de tu pecho, retira las cortinas que ciñen los geranios y deja que goce del dulce y misterioso sabor del amor.

     Mi Amor, no importa que las circunstancias se antepongan a este fluir en la pantalla pues navegantes, Diosa la Mar y bajel intrépido, hieren juntos el ponto de la vida, libres surcan bajo la superficie cristalina del cuerpo y, aun sin acariciarlo, lo enrojecen o estremecen interiormente. No me hace falta saborear las preciadas alhajas de tu tersa piel, aunque todas, desde el abismo de tus castaños ojos, la orilla de tus labios, la cresta de tus golosos y areolados senos y el fuego calcinante en tu pelvis, absolutamente todas me causan fiebre incurable de oro; no, no me hacen falta, mi Vida, pues ya poseo la descomunal e incalculable riqueza de tu corazón.



     Por supuesto que nosotros, dos humanos, debemos dar riendas sueltas al amor carnal y, mi Ninfa, eso es lo que hago a todas horas: elijo las mejores astillas, las mido y remiro, las corto y las opilo adecuadamente en el hogar de nuestro cuerpo, y siempre  cuidando de no ahogar la incontenible cascada de llamas que mantiene cálido nuestro pecho. Este calor que me causas y feliz llevo por dentro, derrite las paredes de mi inagotable corazón, las mantiene vidriadas como espejo… y reflejan lo que tú, Amapola mía, intensamente me das.

     Abierto al sexo, sí, al erotismo que empieza con gestos, continua con susurros, prosigue con tildes, estrofas y párrafos y concluye, día tras día, en el entresueño de tu hermosísimo cuerpo. Amarte, amarte, amarte, amarte, amarte… ¡Oh! compuertas abiertas que descubren copos de mieles, animal dócil que convulsiona de escalofrío, jirones por los ardientes jugos que exprimes en mis labios, hendir la piel del fruto, hundirme tras la luz de su jugosa carne y con los ojos cerrados libar los pezones del aire, los senos de mi Vida.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Dicen que no existen los milagros


     Dicen que no existen los milagros, que nadie los ha visto pero yo, si cierro los ojos y fisgo por el frondoso y extenso agro en el que he asido tu mano, lo tengo claro. Sí, mi Vida, sin que dé tiempo a que lleguen tus suspiros yo te retengo en mí y a diario, entre ambos, va y viene un milpiés cargado de los anhelos que nos emanan en forma de suspiros.

     Dicen que no existen los prodigios divinos y yo, muy afortunado, bien los distingo, pues jornada tras jornada, a todas horas, siento levantar la aurora que cubre totalmente mi pecho y detrás, como aroma de laurel, alza relente cargado de suspiros.

     Puede ser verdad, que no existan tales fenómenos sobrehumanos, mas yo con absoluta claridad perfectamente los distingo, prodigioso amanecer de cuatro luceros perennes, profundos y helados, dos castaños y dos verdes, que diluyen la oscuridad y cuando se soliviantan se desvanecen como perlas por sendas mejillas; tesoros que cuando se afligen, yo sempiterno, también les lloro.



     Dicen que no se logra la magia que nos asombre… disiento de tal parecer pues vuestro amor es milagro tan potente que me deslumbra y me cautiva misteriosamente. Un oleaje purpura que llega tras el pie y me absorbe, alta mare de suspiros imperceptibles que recorren mi cuerpo seduciendo y escalofriando hasta el más  íntimo núcleo de mis células.

     Quizás no existan, pero entonces que me digan qué es esta maravilla que yo percibo sino un milagro. Vivo inmerso en apasionado velo, radiando fantástica energía como faro y, cada vez que oteo el vasto espacio y esbozo los innumerables haces que penetran por mis ojos siento, gracias al fenómeno que vosotros en mí obráis, renace en cada detalle, bien sea lóbrego o bien hermoso, crisálida encendida que deslumbra completamente mi vida.

     Me asombro del milagro del Amor, del montón de belleza que se oculta tras cada cosa, es por llevaros tan adentro, tantos y tantos suspiros emanáis, que lográis dorar cualquier luto que mi alma viste.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Debes estar muy cansada


     Debes estar muy cansada, agotada de ayer, de la reunión que ahora aflora en calentura, de deshacer las maletas, de los exámenes y yo, impotente, no sé cómo mitigar tu pesado lastre. Dime, Amor, qué puedo hacer para ayudarte en tu trabajo.

     Tonto de mí, creo que este mediodía nos ofrecías, con un gesto, un pellizco de pan y yo bobo marché placido con la dadiva de verte guapísima y alegre. Debería haber descargado tus manos tomando eses regalo, mas no me cercioré del motivo hasta que partí a casa; incluso así di dos vueltas al paseo pero te entretenías hablando con el tendero.




     Ahora debo hospedar tu cuerpo en tu morada, mi pecho, y entregar cuan reposo pueda; apercíbeme cuantas cariñosas libaciones requieras, Vida mía. Arrollada en mis livianos brazos, exhalando cálido aliento por tu nuca, volcando mi ardiente perol de amor sobre tus tensos tendones, amenguando la agotadora carrera del día y con ignota laxitud o con pose de yoga amarte y aun así me parece poco, AMOR MÍO.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Ya no he de decir



     Ya no he de decir que estoy deseando penetrar en el pasajero sueño, ya no preciso retirarme al taumatúrgico y efímero empíreo de Morfeo. De veras, ya soy como agua de río que fluye en un único sentido hacia un magnífico destino; como nube que descarga torrencial abandonando el elevado cielo, donde sólo soy vellón tímido, para mezclarme con babilónica y profunda Mar; como fruto maduro que desespera por abandonar rama aislada, que precisa ser asida por dóciles manos, que imperiosamente necesita ser recolectada sobre vientre y ser lentamente devorada y macerada para dejar hasta la última gota de dulce, briosa y dichosa vida en el remanso marino de boca Amada.



     Siento como se me ha entregado el Éter, como Hemera Amar, hermosa por diáfana luminosidad, se arrimó a mi reducida oscuridad, como ante la crasa Luz sucumbió mi erebo, como la Aurora se desbalagó por cada equina de mi arrugado e infausto pensamiento y lo sació de cegante y alba tonalidad.

     Ahora no quiero ser ave que se alce al Firmamento, ni humo que se disgregue por el Éter, sino hogaño árbol que recio y lento arraigue en el terruño que hay tras tus senos, que frondoso se extienda y ocupe tus mientes, que eclosione en bálsamo leñoso y apacigüe el más mínimo resquicio de turbación. Estercolado por edénico jardín me cubriré de cientos de ramas, de miles de hojas y de millares de flores, succionaré del silo del tu pecho hasta el último pellizco de sal y elaboraré savia que a diario dará noval fruto.

     Debo mantener tu luz así de intensa, para ello ilustraré cada neurona de mi mente hasta que el tegumento se agriete de grandilocuencia. Mi vida, jamás amainará mi vehemencia, desbordaré cauces de retórica por las yemas de mis dedos para que se ensanchen las orillas del sendero de tu vida. Sí, sueños de calles amplias y apaisadas, de portales frondosos y cubiertos de tiernas esmeraldas y nada de balcones arcaicos. Quiero que tu panorámica sea siempre muy fresca y jovial, que todo lo que te envuelva sea de esplendor florido, que el color marino de la Mar de mi Mujer recubra las paredes de toda tu vida. Alfeizares de lapislázuli, umbrales de mármol, puertas de madera de acacia claveteada en plata y pomos marfilados…, tu moradas cubierta de vida, de vigor que deslumbre. Los parajes, si son estivales que sean áuricos de cebada o trigo radiante e iridiscentes de pomas, ciruelas, uvas e higos maduros; si son otoñales que sean tapices cuajados retoños esmeraldas, veteados con senderos de serojas pardas y jaspeados de hongos encarnados, amarillos, albinas,…; si son invernales que sean albos y cieguen los ojos; y si son primaverales, mi Amor, que sean idénticos a ti.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Entre faenas y afanares


     Ayer, entre faenas y afanares, no pude adecentar las trazas que a raudales surgen de mi inobstruible corazón. Cuando al fin logré repantigarme ya me suponía un sacrificio inhumano y sólo descolgaba inextricables vedijas en mis mientes. Así, mi Amor, suplico que no te me enfades al afanar horas al sueño, pues denegrida sería mi vida si no pazco de las tiernas palabras que te mereces.

     Ahora me dejo caer y suelto al vuelo mi alma, cometa cromática que se sumerge en el céfiro de tu pecho, despliego toda mi cola que se arremolina entre las sinceras paredes de tu cuerpo. No puedo ni debo ceñir, debo planear ligero dejando todo mi adentro fuera, en tu interior, que es todo bellísimo de amor. Debo extremar con celo mi atención, esmerarme hasta la inanición, ser diligente azacán que sirve vaporosos sueños, ocultar miedos y reír más que loco desparramando lágrimas de felicidad.


     Estoy seguro que los sentimientos crecen hermosos como árboles y que se marchitan si no se les riega y se les abona adecuadamente. Me aflige cierta aprensión, sí me carcome el miedo de excederme y ser empalagoso, de corromper el cariño y descomponer el orgánico amor que brota fútil en cada alveolo de tu pecho y, poco a poco, enraíza tenaz entre tus vasos sanguíneos.

     Tengo que aprender más, forzarme hasta la extenuación con cada línea y verter mi alma, hecha jirones, en cada poro de tu cuerpo. Ensayaré mirándome a los espejos de todos los ojos, haré que se tornen innocuos; los revolotearé susurrando pequeñas rapsodias. Así, mi corazón cultivado se soltará a cantar, latirá lanzando al viento onda de pura pasión para mi encantadora mujer.

     Dichoso soy en mi pecho por conseguir, descollando los merecidos versos que van colmados de sentimientos, traerte a casa, Mujer mía. Nunca he sido tan feliz, nunca tras mis ojos ha penetrado semejante preciosidad; atónito a diario al saber que me amas, al poderte contemplar y decirte cuanto te quiero. Solamente una vez vi algo que se te pudiera comparar, fue un joven retoño de parra, que destelló humilde en jardín bajo el reflejo del Sol: suerte la mía que a la vista del retoño quédeme estupefacto mucho tiempo, pues jamás había visto brotar de árida corteza pecíolo de luz como aquel. De similar manera te contemplo y atónito y con admiración ¡oh Mujer!, transitaré muy contento la vida.


jueves, 1 de noviembre de 2012

Salto desosegado de la cama


     Salto desosegado de la cama, me atavío rápido y sin llegar a tocar el suelo emprendo el vuelo. No es el subconsciente, sino el amplio espacio que me has abierto. La noche, sin velo ante mis ojos, se colma de mirada tierna y de palabra profunda y libre, sin egoísmo, me disemino por el aire como vaho imperceptible que se impregna de agasajos. Camino sin dar pasos, me despojo de toda posesión estéril y sólo, como espina, fecundo en tu retina.

     Soy, quizás, algo osado, pues usurpo toda tu piel como espora. Un hongo que germina en cada poro e intenta aterir de escalofrío cada centímetro.

     Mis labios trémulos liban el néctar que tu cuerpo emana, convulsos como plumas rozan tu mejilla, tus párpados, tu cuello; se abarquillan sedosos sobre tu vientre, tus piernas, tus finos hombros; relajan tu lumbar; juegan con los dedos tus pies; se funden durante horas en la areola de tus senos y enraízan eternos en la vida que emana tu boca.

      Hendiría tu faz, sin restar belleza, para naufragar por tus venas y con maroma umbilical abarloar tu corazón al mío. Quiero, Amor mío, oprimir tu pecho a mi cuerpo y agitarlo para que feliz se disperse libre, como áurica paja suelta al viento. Orear tu cuerpo salado, sumergirme entre lágrimas de alegría, cautivarte con el ocaso que encierro mi boca o con el orto que hay tras mis ojos. Con ardid sacaré de mis entrañas pistilo de lirio y lo verteré en tu garganta, Amapola, para que tu corazón desorbite en un romance inédito.