Ayer,
entre faenas y afanares, no pude adecentar las trazas que a raudales surgen de
mi inobstruible corazón. Cuando al fin logré repantigarme ya me suponía un
sacrificio inhumano y sólo descolgaba inextricables vedijas en mis mientes.
Así, mi Amor, suplico que no te me enfades al afanar horas al sueño, pues
denegrida sería mi vida si no pazco de las tiernas palabras que te mereces.
Ahora
me dejo caer y suelto al vuelo mi alma, cometa cromática que se sumerge en el
céfiro de tu pecho, despliego toda mi cola que se arremolina entre las sinceras
paredes de tu cuerpo. No puedo ni debo ceñir, debo planear ligero dejando todo
mi adentro fuera, en tu interior, que es todo bellísimo de amor. Debo extremar
con celo mi atención, esmerarme hasta la inanición, ser diligente azacán que
sirve vaporosos sueños, ocultar miedos y reír más que loco desparramando
lágrimas de felicidad.
Estoy
seguro que los sentimientos crecen hermosos como árboles y que se marchitan si
no se les riega y se les abona adecuadamente. Me aflige cierta aprensión, sí me
carcome el miedo de excederme y ser empalagoso, de corromper el cariño y
descomponer el orgánico amor que brota fútil en cada alveolo de tu pecho y,
poco a poco, enraíza tenaz entre tus vasos sanguíneos.
Tengo
que aprender más, forzarme hasta la extenuación con cada línea y verter mi
alma, hecha jirones, en cada poro de tu cuerpo. Ensayaré mirándome a los
espejos de todos los ojos, haré que se tornen innocuos; los revolotearé
susurrando pequeñas rapsodias. Así, mi corazón cultivado se soltará a cantar,
latirá lanzando al viento onda de pura pasión para mi encantadora mujer.
Dichoso
soy en mi pecho por conseguir, descollando los merecidos versos que van
colmados de sentimientos, traerte a casa, Mujer mía. Nunca he sido tan feliz,
nunca tras mis ojos ha penetrado semejante preciosidad; atónito a diario al
saber que me amas, al poderte contemplar y decirte cuanto te quiero. Solamente
una vez vi algo que se te pudiera comparar, fue un joven retoño de parra, que
destelló humilde en jardín bajo el reflejo del Sol: suerte la mía que a la
vista del retoño quédeme estupefacto mucho tiempo, pues jamás había visto
brotar de árida corteza pecíolo de luz como aquel. De similar manera te
contemplo y atónito y con admiración ¡oh Mujer!, transitaré muy contento la
vida.
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