Ya no
he de decir que estoy deseando penetrar en el pasajero sueño, ya no preciso
retirarme al taumatúrgico y efímero empíreo de Morfeo. De veras, ya soy como
agua de río que fluye en un único sentido hacia un magnífico destino; como nube
que descarga torrencial abandonando el elevado cielo, donde sólo soy vellón tímido,
para mezclarme con babilónica y profunda Mar; como fruto maduro que desespera por
abandonar rama aislada, que precisa ser asida por dóciles manos, que
imperiosamente necesita ser recolectada sobre vientre y ser lentamente devorada
y macerada para dejar hasta la última gota de dulce, briosa y dichosa vida en el
remanso marino de boca Amada.
Siento
como se me ha entregado el Éter, como Hemera Amar, hermosa por diáfana
luminosidad, se arrimó a mi reducida oscuridad, como ante la crasa Luz sucumbió
mi erebo, como la Aurora se desbalagó por cada equina de mi arrugado e infausto
pensamiento y lo sació de cegante y alba tonalidad.
Ahora
no quiero ser ave que se alce al Firmamento, ni humo que se disgregue por el
Éter, sino hogaño árbol que recio y lento arraigue en el terruño que hay tras tus
senos, que frondoso se extienda y ocupe tus mientes, que eclosione en bálsamo
leñoso y apacigüe el más mínimo resquicio de turbación. Estercolado por edénico
jardín me cubriré de cientos de ramas, de miles de hojas y de millares de
flores, succionaré del silo del tu pecho hasta el último pellizco de sal y
elaboraré savia que a diario dará noval fruto.
Debo
mantener tu luz así de intensa, para ello ilustraré cada neurona de mi mente
hasta que el tegumento se agriete de grandilocuencia. Mi vida, jamás amainará
mi vehemencia, desbordaré cauces de retórica por las yemas de mis dedos para
que se ensanchen las orillas del sendero de tu vida. Sí, sueños de calles
amplias y apaisadas, de portales frondosos y cubiertos de tiernas esmeraldas y
nada de balcones arcaicos. Quiero que tu panorámica sea siempre muy fresca y
jovial, que todo lo que te envuelva sea de esplendor florido, que el color
marino de la Mar de mi Mujer recubra las paredes de toda tu vida. Alfeizares de
lapislázuli, umbrales de mármol, puertas de madera de acacia claveteada en
plata y pomos marfilados…, tu moradas cubierta de vida, de vigor que deslumbre.
Los parajes, si son estivales que sean áuricos de cebada o trigo radiante e
iridiscentes de pomas, ciruelas, uvas e higos maduros; si son otoñales que sean
tapices cuajados retoños esmeraldas, veteados con senderos de serojas pardas y
jaspeados de hongos encarnados, amarillos, albinas,…; si son invernales que
sean albos y cieguen los ojos; y si son primaverales, mi Amor, que sean
idénticos a ti.

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