viernes, 9 de noviembre de 2012

Largo y tendido contigo



     Libre en la naturaleza como el aire que se tiende sobre la pradera y separa la frescura de la ansiada hoja, giran las aldabas de las mantas, se enfría la franela y deja escapar la belleza de talud pasional. No desistiré, nadaré transido sobre las frágiles olas de la colcha y me sumergiré a diario en las golosas cabriolas de tu Mar. Abre con arrojo la marea y envuélveme entre las crestas de tus olas, descorre el cirro blanco que oculta los tenues alcores de tu pecho, retira las cortinas que ciñen los geranios y deja que goce del dulce y misterioso sabor del amor.

     Mi Amor, no importa que las circunstancias se antepongan a este fluir en la pantalla pues navegantes, Diosa la Mar y bajel intrépido, hieren juntos el ponto de la vida, libres surcan bajo la superficie cristalina del cuerpo y, aun sin acariciarlo, lo enrojecen o estremecen interiormente. No me hace falta saborear las preciadas alhajas de tu tersa piel, aunque todas, desde el abismo de tus castaños ojos, la orilla de tus labios, la cresta de tus golosos y areolados senos y el fuego calcinante en tu pelvis, absolutamente todas me causan fiebre incurable de oro; no, no me hacen falta, mi Vida, pues ya poseo la descomunal e incalculable riqueza de tu corazón.



     Por supuesto que nosotros, dos humanos, debemos dar riendas sueltas al amor carnal y, mi Ninfa, eso es lo que hago a todas horas: elijo las mejores astillas, las mido y remiro, las corto y las opilo adecuadamente en el hogar de nuestro cuerpo, y siempre  cuidando de no ahogar la incontenible cascada de llamas que mantiene cálido nuestro pecho. Este calor que me causas y feliz llevo por dentro, derrite las paredes de mi inagotable corazón, las mantiene vidriadas como espejo… y reflejan lo que tú, Amapola mía, intensamente me das.

     Abierto al sexo, sí, al erotismo que empieza con gestos, continua con susurros, prosigue con tildes, estrofas y párrafos y concluye, día tras día, en el entresueño de tu hermosísimo cuerpo. Amarte, amarte, amarte, amarte, amarte… ¡Oh! compuertas abiertas que descubren copos de mieles, animal dócil que convulsiona de escalofrío, jirones por los ardientes jugos que exprimes en mis labios, hendir la piel del fruto, hundirme tras la luz de su jugosa carne y con los ojos cerrados libar los pezones del aire, los senos de mi Vida.

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