Dicen
que no existen los milagros, que nadie los ha visto pero yo, si cierro los ojos
y fisgo por el frondoso y extenso agro en el que he asido tu mano, lo tengo
claro. Sí, mi Vida, sin que dé tiempo a que lleguen tus suspiros yo te retengo
en mí y a diario, entre ambos, va y viene un milpiés cargado de los anhelos que
nos emanan en forma de suspiros.
Dicen
que no existen los prodigios divinos y yo, muy afortunado, bien los distingo,
pues jornada tras jornada, a todas horas, siento levantar la aurora que cubre
totalmente mi pecho y detrás, como aroma de laurel, alza relente cargado de
suspiros.
Puede
ser verdad, que no existan tales fenómenos sobrehumanos, mas yo con absoluta
claridad perfectamente los distingo, prodigioso amanecer de cuatro luceros perennes,
profundos y helados, dos castaños y dos verdes, que diluyen la oscuridad y cuando
se soliviantan se desvanecen como perlas por sendas mejillas; tesoros que cuando se afligen, yo sempiterno, también les lloro.
Dicen
que no se logra la magia que nos asombre… disiento de tal parecer pues vuestro
amor es milagro tan potente que me deslumbra y me cautiva misteriosamente. Un oleaje
purpura que llega tras el pie y me absorbe, alta mare de suspiros
imperceptibles que recorren mi cuerpo seduciendo y escalofriando hasta el más íntimo núcleo de mis células.
Quizás
no existan, pero entonces que me digan qué es esta maravilla que yo percibo
sino un milagro. Vivo inmerso en apasionado velo, radiando fantástica energía como
faro y, cada vez que oteo el vasto espacio y esbozo los innumerables haces que
penetran por mis ojos siento, gracias al fenómeno que vosotros en mí obráis,
renace en cada detalle, bien sea lóbrego o bien hermoso, crisálida encendida
que deslumbra completamente mi vida.
Me
asombro del milagro del Amor, del montón de belleza que se oculta tras cada
cosa, es por llevaros tan adentro, tantos y tantos suspiros emanáis, que lográis
dorar cualquier luto que mi alma viste.
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