domingo, 5 de septiembre de 2021

Tutoría con mi Petri




Traté las desordenadas palabras que saltaban de neurona en neurona y, al cabo de un rato, con cinco estrofas, sentí la necesidad de enviárselo en un mensaje. Repetí la lectura y repujé la escritura, hasta que quedó bien pulido, con su necesaria y propia luz y sin excederme con deslumbrantes agasajos, pero sí con su justa claridad, como la de un río de aguas limpias, que sacia la sed del corazón con suaves escorrentías de amor.


A sabiendas de mi debilidad,

de esta perversa timidez

que me arresta sin claridad,

como si un malvado juez

me tabicara en la soledad,

preciso en esta primera vez

un gesto limpio, de verdad,

que me barrunte seguridad

para reducir mi estupidez.



Ayúdame, mi Flor, a ganar

cierta confianza para pasar

el mal sabor de la humildad.

Pues temo que no sea capaz

de entablar una relación

de profesional, una ilación

entramabos, … algo cordial.



Sí, aun obre con respetuosa

cortesía, es esta torpeza

la que me desluce con alevosa

y malograda desvergüenza.



Quizás, maestra, le sea soez

con mi febril forma de ser

o, acaso, la ponga nerviosa

con remilgos de bienquerer.

Pero, en serio, sólo una diosa

enfervoriza la caprichosa

educación de este corazón.



Cuando se acalle el calor

me encantaría quedar.

Mas, antes de charlar,

me apresuro a confesar

que la calorina del amor

no pasará y, aun muriera,

quedará ahí, en ti, afuera

de este desvalido cuerpo,

trascrito en pobres versos.

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