Traté las desordenadas palabras que saltaban de neurona en neurona y, al cabo de un rato, con cinco estrofas, sentí la necesidad de enviárselo en un mensaje. Repetí la lectura y repujé la escritura, hasta que quedó bien pulido, con su necesaria y propia luz y sin excederme con deslumbrantes agasajos, pero sí con su justa claridad, como la de un río de aguas limpias, que sacia la sed del corazón con suaves escorrentías de amor.
A sabiendas de mi debilidad,
de esta perversa timidez
que me arresta sin claridad,
como si un malvado juez
me tabicara en la soledad,
preciso en esta primera vez
un gesto limpio, de verdad,
que me barrunte seguridad
para reducir mi estupidez.
Ayúdame, mi Flor, a ganar
cierta confianza para pasar
el mal sabor de la humildad.
Pues temo que no sea capaz
de entablar una relación
de profesional, una ilación
entramabos, … algo cordial.
Sí, aun obre con respetuosa
cortesía, es esta torpeza
la que me desluce con alevosa
y malograda desvergüenza.
Quizás, maestra, le sea soez
con mi febril forma de ser
o, acaso, la ponga nerviosa
con remilgos de bienquerer.
Pero, en serio, sólo una diosa
enfervoriza la caprichosa
educación de este corazón.
Cuando se acalle el calor
me encantaría quedar.
Mas, antes de charlar,
me apresuro a confesar
que la calorina del amor
no pasará y, aun muriera,
quedará ahí, en ti, afuera
de este desvalido cuerpo,
trascrito en pobres versos.

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