Que hago aquí, en Badajoz. Llevo toda la mañana y aún me queda la siesta, sin echar la cabeza, y la noche, hasta bien entrada. Me enmoheceré con la humedad del mármol frío e, incluso, me cubriré de herrumbre reumática mientras aguanto a que se agote la jornada.
Deseo partir hacia el lado de mi pequeño rey, a cenar juntos y a acostar en el laxo placer de tus sueños.
Ahora, mientras aguardo, he de arrollarte con felicidad. Con el río copioso y desbordado que emana de mi cuerpo. Un cauce de amor salvaje, que nace en mi pecho y desemboca en albufera de marfileña piel, donde tú, mi Amor, sabes y me aceptas.
Apoyar mi mano sobre tu piel, sobre el fino y bello tisú de tu pijama, y en paz, con un par de besos, caer rendido a los pies de ese corazón al que me he rendido.

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