domingo, 12 de enero de 2014

Cesó la Luna


     Cesó la Luna y de repente, sobre mí, resbaló no el tibio temblor de sus alas de Ángel sino el roce de sus yemas sobre la piel de mi cara. No sé si fue un sueño el que me desamordazó de la soledad o fue, en realidad, el verismo y vehemente cariño que propaló su mismísimo corazón, esa auténtica mansedumbre que cada noche al recogerse me expele su dulce boca. 

     La neblina hialina iniciada en las orillas de sus labios es la que, como de costumbre, se abre como libro alado inundado mi pecho de romántica lírica. Una calígine de mano tendida es la que me lleva contigo. Es tu educada pluma la que reclinas en mi alma, caligrafiándola de espejos sentimientos. 

     Anuda, Vida mía, mis brazos a tu cintura, haz que el arrollo desbordado de nuestro amor sea un cauce fino de saliva. Juntemos estas dos orillas con un beso eterno de pasión;… déjame que entre en ti tal como tú entraste en mí, para estar siempre ahí, invadiendo tu edénico cuerpo.

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