Desde los umbrales de nuestra despejada pasión me sumergí en la vorágine de tu boca. Me tentaba la miel, la carnosa fruta y mágicamente, sediento de tortura, al libar y morder tan quemante hidromiel, remé extraviado, tanteando esa resguardada dársena donde ahora anclar mi corazón.
Esta íntima melodía, esta romántica voz que se adueña de los sendero de mi vida es tan evidente que preside todo mi cuerpo y mi espíritu. Patente lluvia que, con una sola atención, desborda torrente de amor por mis venas y ante mis ojos, entre el vaho cuajado del día a día, entre esa niebla una Venus de amanecer perfecta.
Es un sentido desconocido que suscita tanto lágrimas de hilaridad como hondo dolor en mi seno. Y ahora en este silencio, con esta mordaza de la distancia, se evapora toda agua de la Mar creando un bajorrelieve cristalino, blanco, de Sal, mía, que a diario me atrevo a volar…. Saberme tuyo, mi Amor, me hace tan frágil y pequeño que mi corazón, a ritmo desmesurado, se propaga a dimensional, sin prisión, buscando un lugar en tu pecho.

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