Qué queda tras esta arquitectura,
en esta hueca torácica de huesos,
sólo carne y sangre o la diástoles
de ciega pasión por la literatura.
Por dentro soy susurro de árboles,
una dicción traslúcida de ternura,
el perenne arrullo de la dulzura
de tu voz, de tus ojos de ensueño.
Ahora estimo que necesito el verso,
no el helado que engendra el tiempo
sino el inmarcesible que dan tus besos
Poseo nuestra cédula, tatuado impreso
que firmaste con un estremecimiento
en mi corazón, en mi cuerpo reverso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario