Ayer noche, de camino a casa y bajo el tenue cintilar del cielo, se me prendió el pecho con el alivio de tu vida, tu mensaje. De pronto la negra penumbra se suavizó en blancura pues brilló tanto el texto, tu sentimiento, que iluminó toda la bóveda del firmamento.
Iba con prisas agazapado en mi ridícula existencia y de súbito, como si esa luz inundase mi entraña, me sentí intenso, advirtiendo el titilar eterno de tu corazón en mi pecho.
Experimente el calor del amor, de dos cuerpos frente a frente, uno de ola de Mar revuela y plateada y el otro de sencilla orilla de arena eterna, y el lecho fue la noche que se desnudó en océano de sudor…. Sí, dos cuerpos frente a frente, uno de Piedra pulida, perfecta, y otro de desértico de arena y de pequeño oasis, tan pequeño como vaso para que coja sólo tu corazón, ahí la sumergí desnuda, en la linfa cálida y sincera que llena mis venas, para que siempre verde tremole en dicha….
Así, como relámpagos en la noche hendimos la carretera, dos astros que haciendo filigranas chasqueaban y se perdían por el cielo vacío. Acumulando anhelos se alzaban hasta las nubes y, de nuevo como ríos de luz, descendían llenos de alegría hasta acariciar la hierba húmeda. Dos astros frágiles, uno intenso como rubí y otro añil y servil,… livianos, que suspiran por fugaces roces, por breves encuentros, por cintilar lindos con sencillos besos de amor.

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