miércoles, 8 de enero de 2014

A la orilla del Salor


     Una pastorcilla a la orilla del Salor, delicada y de menesteres olímpicos. Así es, una vencedora del tesón, insuperable en sabiduría, sobresaliente en el arte culinario y descollante en toda labor doméstica; y muy afable. Diríase un súmmum de la docilidad, que moldea a una recua fuerte, un rebaño decente e impecable, con asepsia en los valores éticos y morales. Pastorcilla liviana y nada draconiana, que educa con dulzura colmenera, esparciendo en su aula seminal primavera de aroma maternal.

     La amo y en su pecho, aun no fuese el primero, puse mi masculina mano. La posé dócil y creció fértil, como sembrada en parda tierra extremeña, alzándose lírica, como bardo antiguo y foráneo. El porqué, porque su cuerpo es de arcilla más fina, diríase de sedoso polen de canela y su linfa de tinta cálida, más poderosa que la savia de una encina, y tan solícita en la habilidad de amar que caligrafía inmaculada poesía en mis sueños; por eso, por Ella, mi Amada, crecí exuberante.

     Ahora, con estos baladíes trazos, la quiero sobrecoger. Sí, la he de hechizar para que advierta cuanto La Quiero. Para ello enterraré bajo su sesgado pecho mis dedos ruiseñores, juntándolos tal si fuese un bol de barro pulido y asiendo y amparando su corazón como a un recién nacido. Así su bonita mejilla se pintará de tibio rubor y sus ojos lucirán como esplendoroso cielo…. Es mi oficio en la tierra, ser vampiro de sus labios y no poseer miaja de tiempo libre pues todas mis yemas las debo agrietar moliendo inimaginable felicidad en la entraña de mi amada, y mi garganta la he de secar rociando, día tras día, sensibles elogios para Maestra pastora de niños….

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