jueves, 16 de enero de 2014

Símil desconocido en orbe


     Papá decía que no hay símil conocido en orbe ni representado por pintor, escultor o músico, ni siquiera soñado por poeta,… que es más que estrellas, de mirada tea cegadora, un cuerpo de oro derretido, una flor fulgente como rubí y más suave que la mismísima seda.

     A la vez, tras esa franela canela, tras ese divino barro moldeado en mujer, crecía un pétalo delicado y tímido, una pepita clavada, sembrada, en un corazón canijo y perfecto, de ángel niño.

      Papa se había consumido en vaho aromático, incluso con las párpados cerrados exhalaba hervor de tan ardoroso amor. Solapado en su pecho atesoraba su adorno perfecto, lo atendía con gracia ilimitada y día tras día se deshacía en trazar líneas bellas para ella.

     Era como si los dos corazones latieran al unísono, como si de ella y de él surgieran hialinos capilares que portaran, como tibia brisa, una sola sangre furtiva.

     Papá, cuando se echaba en la cama se apretaba a la almohada, la juntaba a su pecho y hundía su boca en el fino lodo de su cuerpo humano. Un misterio, un íntimo y veraz secreto, un poder mágico que maduraba sonrisa sobre su mejilla; difícil de entender el nexo primaveral de ambas flores, de tan perladas miradas, del ensueño encerrado en sus pechos de terciopelo.

¡…qué goce, que dulzura,
que ofrenda de belleza pura!

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