Todos los días me despereza la mano tendida de mi Mujer, me anticipa el fuego primigenio que brota a través de sus yemas, de sus laureles blancos y me vislumbra una visión que se inflama en cualquier lugar del viento.
Desde primera hora del día aprieto la fina daga que capola mi corazón, prenso mi pecho como si fuese semilla y vacío toda la tinta mágica que llena mis venas. Caligrafío así la visión que me tutela entre la niebla, sus ornados ojos, sus vítreas formas, la orilla de sus cálidos labios e incluso la sedosa suavidad de su voz y su canto.
Todo, mi Amor, lo hago contigo. Cada día, cuando parto, persigo ese lene revoloteo de florecillas de almendro, ese cauce que holografía claramente tu cuerpo. En cada esquina recojo tus tildados pedacitos de amor, los zurzo con celo y muy despacio, desde dentro, formo un libro de tapas de lluvia que se titula mi Niña. Justo detrás condenso esta evaporada vida que comienza con el sencillo nacimiento del amor, el 13 de septiembre de 2.010, y prosigue deshelando neveros de sentimientos con luceros de Piedra pulida, con la levísima siembra de dos florecillas, con su ara fértil y su aspergida saliva. Un tempo escrito que se abre tras la bóveda del arcoíris y tercamente transcriben que, en este mudo, eres la poesía que mantiene la ilusión de mi vida…

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