No me dejes caer, entrelaza tus dedos alrededor de mi cuerpo y cíñeme fuerte a tu pecho. Tómame, pues te preciso, Amor mío, como un milagro que me han concedido para mantenerme vivo, como la maravillosa e imprescindible razón de mi existencia. ¡Qué suerte la mía! que poseo una flor divina de la cual cada día me asombro, más y más, de tener algo tan hermoso y mío.
Tengo que aprender a cultivarte, a velar en silencio nutriendo tu alegría, tu exuberante belleza, a penetrar con mi mirada tu entraña, cariñosamente y sin causar daño, para que mantenga perenne tu felicidad. Romper mis manos, desasir el amor de mis dedos e inocularlo como savia en tu delicado tallo.
Me desgrano, Vida mía, en continuos suspiros, sin temor ni sufrimiento. Desmenuzo mi corazón en miajas de sentimientos, en pequeños y compactos fragmentos que leer, en trozos de labio que, desde el papel, besan tu piel y la reverdecen.
Sin fatigas y sin dudas, a diario, un delirio que deshilo para que en cualquier lugar me presientas a tu lado, caminando juntos, sirviéndote con ojos ciegos de amor.
Avancemos, Amapola mía, hacían los bordes de esta realidad que te auguro siempre primaveral.

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