Mi Amor, esta tarde, durante el concierto, un diminuto angelito me ha acogido como fiel amigo. Yo tiritaba de frío, pues ese local, como te he dicho en el anterior correo, era un incuestionable arcón frigorífico. En cambio a él, sentado en la fila anterior y luciendo su diminuta cabecilla de alfiler de oro trefilado, que apenas le cubría las orejas y la frente, le era indiferente el gélido ambiente.
En realidad casi no permanecía sentado. Las manos férreas de su abuela procuraban en vano calmar sus indóciles aleteos de tórtola arbal, mas él alzaba sus pálidos y finos deditos labrando el aire, no como rejas sino como azucenas, plumas que desterronaban la árida atención de todos los espectadores. Asía algo que pasaba desapercibido a todos, quizás blandía una larga, firme y blanca espada que seguro que no laceraba sino, en todo caso, ablandaba y deshelaba las lágrimas de traviesos conejillos albinos, o acaso acariciaba las alas amatistas de las inquietas mariposas que revoloteaban en su inmaculada imaginación.
Se me ocurrió penetrar en su fantasía con algo atrajese su atención. Sembrando judía mágica que al crecer le incitaran a trepar o sacando palomas al vuelo de la chistera de mi imaginación, fábulas que aleteen confundidas entre sus alevillas amatistas.
Interesándose por mis sencillos gestos, me tendió su cándida mano; me dejo pasar a su pradería de ensueños…. Casi me desmayo al advertir su inofensivo jardín y al rememorar lo amarillo que eran los huertos donde a diario sudaba con mi niño…. Fui en tiempo un buey almizclero, áspero y negro que vivía en mundo yermo, mas ahora, mi Amor, una ternura indeleble talla mi corazón hasta tal hondura que hoy lo advierto arado y sembrado con puñados de bellezas, año tras año con los granos de Amapolas y Digitales.
Con su minúscula y suave manita abarcó mi índice, transmitiéndome esa párvula energía que poseen las innocuas almas de los niños. Un poni asido con collera de seda que araba surcos de profundos versos, que desterronaba la turba de la vida labrando hermosos poemas….
Puñaditos de sinceridad, de simple trivialidad que, como lírico labrador, segaré a diario para ti. Saciaré tu hambre, Vida mía, con el grano dorado del verano que ahíto en mi pecho. Así, humilde y sin necesidad de que se divulgue esta mies, te la reservaré toda, Amada mía, para que seas lozana flor de mayo…, milagro cegador, vela rubí que camina por el pavimento de la calle Lucenqui.
Te amo, Amor mío.

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