Ya van todos a saciar el hambre a sus casas y como el alba se fue, el Sol, ahora que van corriendo, les caerá a cuchillazos. En las calles poco a poco se restaura el silencio quebrado, ni siquiera quedan las plegarias de los indigentes, y de forma unánime se retiran a yantar alrededor de las mesas.
Qué manjar me trascribirá mi Amada, con que vianda saciará mi vientre. Yo, ayer, con entrañable primor, así una cuchara de madera y removí los tallarines hasta quedar “al dente”. Me abrí el pecho y, junto a los ajos, la cebolla, los pimientos y el tomate, espolvoree todo el corazón posible.
Sé que se servirá cuatro cucharadas de pastas, tal como le dije, pero tozudamente ni siquiera las calentará. Llevará una botella agua, los cubiertos y de postre, con toda seguridad, chocolate, obviando las naranjas de temporada y seguro que, igual que mí, se le olvida algo. Después, inocente y feliz se sentará en la mesa y con cada porción que arrime a su boca me infringirá una insoportable cicatriz. No advierte cuanto me duele que esté solo, que vaya así al conservatorio o que aguarde en la calle hasta bien entrada la noche. Mas se siente bienaventurado y sonriente, como si brillase a mi lado, posa sobre sus finos labios mi corazón picado; sin desperdiciar cucharada. Me muerde y me muerde, y royendo feliz, me totalmente hace suyo.
Yo, mientras, intento hacer un prodigio y en silencio, como un terrón de dulce nieve, o como el gustoso vaho que exhala el perol, o sino con el brío de una pizca de salero, me sitúo, Amor mío, entre tus dedos, me poso en tus labios y acaloro de pronto tu hambriento corazón, como ese Sol que nos acuchilla al mediodía. Ni tú estás sola ni a él le falta mi compañía, pues aquí, sobre el teclado, molturo mi pobre forma de ser, desmenuzando el espacio que nos separa y me escondo juguetón en vuestra alma, de forma sana y sin resentimientos, arrojando en vuestro interior toda mi vida, lo único que para vosotros poseo.

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