Ahora, cuando Jaime termine sus clases colectivas, iremos corriendo al mercado a comprar churros y así, mañana a las siete y media lo tendré todo dispuesto. Las tres tazas de chocolate negro, como a ti te gustan, y una fuente llena de churros calentitos y crujientes.
Sin pereza, trabajando más de noche que de día, como los artesanos panaderos que sacan todo el pan antes de que llegue la madrugada, entraré, mi Amor, en la cocina y me pondré el delantal blanco de pastelero. Primero echaré las raciones de leche en puchero, con dos o tres cucharadas soperas de cacao y algo de azúcar, por el goloseo de José, y a virar sin parar y a fuego lento hasta que hierva, para que no se pegue; a mano desnuda aun me queme.
El chocolate debe guardar la textura correcta, o sea, si desparramo una cucharada en un plato y paso el dedo, la crema se debe juntar muy lentamente. No sé cómo lograrlo, si me quedo corto la taza queda como uno desayuno normal de leche con cola cao y, en cambio, si me paso con el cacao en polvo el chocolate resulta empachoso, menos de media taza y ya saciado se pierden las ganas de continuar con el desayuno. Así que tú guiarás mi mano, me la cerrarás para asir la cuchara y la guiarás en la bolsa del cacao, tomando la ración perfecta, ni colmada ni escasa como siempre lo haces.
Los churros mejor que sean de aquí, del pueblo, recién hechos, pues me han decepcionado los ridículos churritos que he visto en el mercado, escasamente eran del tamaño del índice y el pulgar cerrados. Así que, con ganas, me anticiparé al alba y seré el primero en la churrería. Sabes, echo de menos unos churros que en antaño hacían en mi pueblo, en las épocas de matanza o durante las fiestas de la Navidad. Eran raciones pequeñas, de uno 20 cm, con cabeza crujiente y curvos como un bastoncillo. Se han dejado de hacer por las nuevas tecnologías y por lo laboriosas que eran, pues en el aceite caliente se echaban, con una churrera manual, unos seis o siete churros y deprisa, antes de que se dorasen, se tenían que abrir las cabezas con unas pinzas. Agotador el esfuerzo de comprimir la churrera y debía de ser muy sofocante el tener que abrir uno a uno los churros. Ahora, como sabes, son unas prensas manuales que vierten una rosca grande y, una vez dorados, en la escurridera los cortan deprisa con las tijeras.
Lo bonito de ese manjar de antaño era que te lo servían calentitos en unas juncias, en esas hojas verdes que salen en las riberas. -Somos tres, dos para mi Amor, dos para mi peque y dos para mí, ¡quiero seis!...- te los colgaban en una o dos juncias y listo, deprisa para casa para que no se enfriaran…, con ese aroma de masas frita y feliz porque son para ti.
Después untaré tus labios con crema de chocolate, ahora me voy por los churros…. TE QUIERO, AMOR MÍO.

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