jueves, 19 de diciembre de 2013

Aromas



     Ser durante toda una eternidad el dulce aroma de romero que invade tu Ser. Ser la hilaridad imperceptible que, sin más oficio, penetra a diario en tus sueños. Un vaho suave, sin durezas ni puertas, solo esa alma desprendida de mi cuerpo que, con ahínco, se infiltra en su único camino; el de tu Ser, Amor mío.

      Me he acostumbrado, Amor mío, al ser brizna ligera de eneldo que, como fumarada escolástica, persigue cargar de aroma inexplicable esa sacristía que guarece un corazón inimitable. Digamos que la cautivadora humareda que disperso es mi deseo de lograr el verso más fino que, desprendido de mis yemas, cree una lámina hialina de saliva sobre tu delicada piel, lírica trascrita que, como si fuese el roce de mis labios, estremezca tu Ser, Vida mía.

     De meta, así de fresca ha de ser la savia que inocule en tus melíferas ventanas. No me sirve cualquier dulzor, he de alcanzar un sabor de vesania. Así, afrontaré cualquier desavenencia y como Quijote, ido de amor, embestiré a los cíclopes aspados que intentan trabar el río vocal de mi corazón.

     Pasión secreta, sepultada semilla de indecible fragancia, que cada noche nace núbil entre las sábanas de tu lecho, o cada mañana crece como hiedra alborada, una enredadera de vapor celeste que se alza por todos los soportales por donde caminas. Es dialecto tierno y frondoso que surge céfiro desde mi corazón y se dispersa en secreto por el valle sesgado de tu pecho.

     Amor mío, lloro primaveral y añil como lirio celoso que desea florecer junto a la flor de fuego que me ha arrobado el corazón. Yaceré soñando en este nido vacío, cumpliéndote a diario con fiebre poderosa, obedeciéndote, Amor mío, y ungiéndote con una lluvia amor insondable.

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