sábado, 16 de noviembre de 2013

Ya voy


     Ya voy, ya voy,… tal es el hormigueo de tus dedos que me has sacado de un placentero y lejano sueño, estaba en la fresca y húmeda ladera de una montaña. Es extraño como nos llaman esos parajes que nos conmueven. Me encontraba, Amor mío, en un charca de la Vera, ante un espejo natural que, como lienzo, duplica perfectamente el albor matinal. El agua exhalaba tenues visillos de neblina blanca y toda se rodeaba con un herbazal espeso y verde. Al fondo, sobre un fantasmagórico tronco y observando el contorno, posaba inmutable una fina y esbelta garza. Qué decir de los encantamientos que nos echan estos parajes, de los aojos que años después nos llevan a sueños deslumbrantes.

     Así que esa melena corta, esa mirada profunda, esas delineadas facciones,… ese perfecto donaire que me embruja, que se ha enraizado como pasto en mi pecho y me embriaga con sus suaves perfumes y sus dulces sabores primaverales y que se extiende infinita como Mar a ambos lados; no será alada dama migratoria sino mandrágora sembrada en mi corazón que a diario me narcotizará enamorado. Un solo bulbo de Amapola que ha inoculado su alucinógena savia en mi cuerpo y me cautiva, tal como prometió, para siempre.

     Una efigie de Piedra hialina entre robledales otoñales, un prado de arroz que resplandece esmeralda en mí pecho. Mi mujer es de copa maestra, crátera que a diario se vacía dándose en frases de amor a todos sus niños. Ahueca de tal manera que su corazón a la tarde me acoge entre delicadas frases, me abriga entre las cálidas cenizas del Sol silencioso que es. Tú, mi Amor, con tu entrañable corazón rayas con haces cegadores todos las baldías y heladas hojas del libro que este embalsamado hombre transcribe

ENAMORADO.

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