Ahora, mi Amor, tras cenar y sentarme a descansar, me gustaría morder una manzana roja, a solas contigo. Me apetece quedarme dormido, tras el muerdo que me ofrecen tus manos, sobre la seca y húmeda hojarasca de un castañar. Seducido por el coro de los árboles, del arroyo que se precipita sin apenas agua, gota a gota, y del eufórico trinar de los pájaros que buscan los frutos secos que sobrevienen al verano. Embrujado tanto por el color broncíneo como por el olor que emana de ese boscaje que tapiza y se hace el humus a lo largo del otoño.
Arropados sólo con el manto ocre del monte viejo, entre tus finos brazos, bajo el amparo de esas suaves manos, casi de agua, que subyugan con ternura a este corazón enamorado.
Tiembla mi cuerpo por las raíces de amor que horadan mi pecho, tiembla por esos hilos que surgen de tus ojos, por ese invisible canto que me da tu boca. Madura de tanto amor mi corazón…, donde tú habitas, Vida mía, como estrella encendida…

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