Bueno, ahora que estoy trabajando en casa voy a ver si logro transcribir unas palabras mágicas. El día, obviando que me falta lo más lindo, ha sido “bonito”. A primera hora nuestro pequeño, algo nervioso y vestido de negro, sacaba música de su gran instrumento dorado. Su carita se ocultaba tras la enorme boca de la tuba y su lánguido cuerpo a penas se le veía.
Este concierto ha sido especial para él, pues sólo había dos tubas sobre el escenario, la de Miguel y la suya, así que se ha recreado interpretando las partituras. Yo, aunque apenas le veía desde las butacas, advertía con total nitidez la ilusión en sus ojillos, el fulgor de tener su instrumento entre las manos y de hacerlo sonar en su preciso momento. Sobre todo con Everybody, una canción preciosa que abarcó todos los rincones del teatro logrando silenciar al público que escuchaba muy atento y emocionado.
Después del evento musical nos fuimos a pasear por Cánovas, donde han expuesto en unas casetas con elegancia rústica unos alimentos biológicos y otros enseres del estilo. Regalaban canapés pringados en exquisitos y suaves aceites de oliva, o untados en sobrasadas para relamerse de ibérico de bellota o en quesos adornados con especias que se adhería al paladar de tal forma que los degustaba durante horas. Además, como ya se había desvanecido la niebla y había cesado nuestro eclipsante abrazo, restaba una mañana ideal, cálida y despajada, con el cielo añil, muy intenso, y sin lasca de hálito frío que penetrara hasta los huesos. Creo que en el aire aún quedaban resquicios de nuestro fervor, pues la gente cogidos de las manos o abrazados paseaba pletórica.
Más tarde, a la hora de comer, nos fuimos al restaurante del Vostell, necesitaba sosegarme pues es tan virulento tu ardor que me burbujean las lágrimas en los ojos. Allá, entre aromas de membrillos, sin jaula y, por tanto, libre en el jardín del lavadero, me cautivé con nuestro chiquitín, uno frente al otro durante toda la tarde. Sonreíamos de tal forma que hasta el viento arreciaba en cálido soplo alrededor de nuestro cuerpo, queriéndonos sorber todo el entrañable amor que nos une. A veces la brisa empapada de ternura se retiraba de rama en rama, como aurora misteriosa hacia el cielo, sabiéndose amada por que había estado con dos enamorados.
Incluso una orquesta de diminutos trinos se posó alrededor, en los árboles y en los tejados, eran corazones solitarios que advertidos por el aroma de la brisa se acercaban curiosos, posándose en las hojillas…. Les abrimos durante un instante nuestra honda mirada y se alzaron felices, con latidos de niños, hasta que los rayos de sol se filtraron por sus cuerpos. Aleteaban dichosos por el patio, como seducidos por la mágica y primaveral miel de una Amapola y lirio….
Las yemas de mis dedos acaricia, mi Amor, tus pétalos de flor para que en dulces sueños caiga rendida en mí.

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