Aquí estoy, de vuelta al hogar, alborozado de lo rústico y también algo mustio de cosechar membrillos, olivas y granados y alguno que otro higo, ahora demasiado maduro. Ya en noviembre, en estas noches tan largas, me guarezco famélico en tus brazos floricultores, pues dime, Amor, qué hay mejor que dormir en el jardín que cultivas en tus entrañas. Es sobre esa madre de setas, tan orgánica y cálida, donde deseo convivir y convertir mi vida en cariñoso artículo.
Siento, Mujer, todos tus besos, son tan intensos como ese reciente par que nos dimos en la mejilla cuando ibas al colegio. Los acarrea el aire, que llega dócil desde el horizonte de la sierra de San Pedro, sobre las copas que oscurecen la dehesa y entre las torres de la Sardina y de Hijadillas, torreones árabes que sucumben con peso de las cigüeñas. Los inhalo con tanto gozo que rápidamente se difunden por mi organismo, procurándome el reconfortante júbilo que ahíta hasta la más oculta de las vacuolas de mis células.
Que he de hacer para deshacer la fatiga de tu corazón, para que estés tranquila y entiendas que esta ternura transcrita siempre estará ahí y nunca te lastimará. No hay ni habrá tristeza en mi corazón pues sé muy bien que me amas y que obras con la fortaleza de una Gran Mujer bajo cualquier circunstancia, ataviando el hogar y escuchado con sensibilidad a tu familia, sin la más mínima queja, y que, además, sin desaliento te entregas a tus otros niños, aun te lastimen, aplacando sus ansiedades y resolviéndoles las dudas.

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