Que ganas tengo de recogerme, de llegar a casa y quitarme los zapatos. Sólo nos queda un ratito de ocio en la cocina, un ratico muy, muy distinto; entrañable diría, Vida mía.
Abrillanto con un paño la encimera y la tildo con dos patenas de cerámica blanca y una escudilla de barro fino. En la primera patena la nívea harina de nuestro pan que, entre bromas y risas, calina el aire y encanece nuestra piel y nuestro pelo.
Mientras, Amor mío, en la escudilla bates un huevo entre puntas de eneldo, o con unos pellizcos de orégano, y una pizca de sal, mas a esa dulce mezcolanza de sabores le agregas la sedosa esencia de unas únicas manos. Así, aleas a punto de nieve una crema que pringa los dedos de mi Señora. Sabrosa nata sobre lo más dulce y suave, en las yemas de la Mujer que amo.
En la última cerámica la corteza recién rallada, mas eso, Amada mía, como puede mutilar tu piel, lo hago yo. Pues con un simple roce surge un arañazo y entonces, si tu tibia sangre abandona su entraña…; que miedo si esto sucediese, pues te aseguro que te quitaría irremediablemente la vida. Yo, el vampiro de un solo Amor…, sé que lamería tu herida hasta que fenecieses exangüe.
Ahora toca empanar unas pechugas de pollo, aliñadas con ajo machado y con vino y después, en el tibio oro de las olivas, dorarlas hasta que la tonalidad sea ligeramente morena, poco más canela que la dorada piel de mi Amada.
Mientras en el fogón se fríen las pechugas, descanso mondando un par de naranjas, unos tomates y un membrillo y más un picadito muy menudo de pimiento, unos dientes de ajo y una mediana llorona; aunque, muy a pesar mío, sin gafa de buzo que, si las tuviese, te aseguro que me la pondría para descollar en tu faz una celosa sonrisa.
Es la hora de cenar y, tras servirte, de descansar a tu lado, Amor mío, y desleírme eterno al lado de una Flor de fuego, de ensueño,… frente a frente juntar las frentes, rozar ligeramente tu pelo y, dando intangibles beso a tus labios, pasar a la pesada paz del sueño….

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