Amarrado en un oscuro recoveco del escenario, igual que un árbol recio en negra peña. Con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos mixturado entre dorados instrumentos. Se resquebrajaba la madera de mis piernas y el tronco se languidecía de soportar con altivez su silencioso porte.
Un teatro donde cientos de galeras, orquestadas por una sola carabela, se han adentrado libres en la sagrada mar de las butacas. Se quedaban roncas de tanto remar, andanadas de timbales, de tubas, trompas, trombones y trompetas, de clarinetes, flautas y flautines y de un sinfín de ondinas sirenas que con sus vibrantes cuerdas vocales hechizaba al auditorio.
Mas tú, Amor mío, también tremolabas en el mismo lugar, nimbabas soberbiamente entre las butacas y por los palcos e incluso te alzabas ligera al escenario; a mi lado. Resplandecías en cada uno de mis suspiros y en cada lágrima que caía a la par con las letras de mis yemas. Soy arena cautiva y perlada por una sola Mar que, de verdad, gracias a sus saladas aguas me brotó el alma por los dedos, por mi lengua…
Sé que no debe ser así y que, sin velas, bogaré condenado a un piélago inalcanzable, pero viviré libre y feliz, siempre remando de ti…, y que a veces, sin poder abarloar en tus labios, me ahogaré entre mis penas. TE AMO, VIDA MÍA.

No hay comentarios:
Publicar un comentario