Unas cosillas, Amor mío, pero muy despacio, no una a una sino aún con más pausa, como si fuesen finas gotitas de agua aspergidas lentamente sobre tus mejillas, para que así se mantengan tal como son, risueñas y vítreas como la nieve.
En primero lugar, y sujetándome para no salir corriendo a por los ingredientes para hacer dulces, o atándome la cintura a la silla para no ataviar el coche con flores y guirnaldas, como mi corazón bien sea nocturno, como azúcar, siempre está endulzando tus sueños, o bien diurno, como viso almibarado, perenne está realzando las vivezas que recalan en sendas y diáfanas ventanas. No crees que es mejor fundir nuestros cuerpos toda la noche del sábado, que el agua de tu divina mar anegue mi sangre humana y que tus silenciosos besos diluyan y moldeen el paladar de mi boca. Si acaso no puede ser, no te atormentes, Vida mía, por ello y dime qué día pasaremos juntos, si el mimo día 28 o el anterior. Así, con total ilusión podré componer el altar a mi amada donde ofrendar mi propia vida, y el día anterior o el posterior, según sea, permaneceré aquí gastando silla, golpeando teclas, desbordando mi corazón a través de la razón para en versos proclamar cuanto te amo.
Como segunda bisutería, con hilo de nieve alrededor de tu cuello cuelgo esta gema en el centro de tu pecho… Dime, Amapola mía, cómo se llama el restaurante que tendrá el privilegio de abrir su despensa y postrar sus suculentas viandas la más hermosa de las flores. Además, cuál es la afortunada villa que ya jamás se sentirá desterrada, que sin esperarlo pulimentará sus calles con el fulgor de un pétalo encarnado y que si los vecinos abriesen sus puertas se hechizarían inmóviles con la aromática corriente que se deslizará cristalina, dulce y alegre como el agua de fuente de vida que para mí es.

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