Las nubes se depositan a nuestro paso, plomizas, casi negras pero débiles. Empapan el campo, tu fino cuerpo, se posan sobre tu pelo y airosas grazna y silban al oído. Los pájaros, charlatanes, festejan entre la fronda multicolor la cordial compañía que les brindamos; bajan ufanos al camino, sin temores, deseando picar la rica mies que se espiga de dos corazones fundidos por amor.
Así continuaría hasta la media noche, deslizándome como vendaval, buscando el amanecer, el surgir de mi Sol. Seguro que ella ya descansa, que se ha desgranado por su escuela, que ha girado el Sol hacia el campo de sus colegiales. Como Madre alimentando con pipas a cada uno de sus polluelos, dando sus pepitas de oro para convertirlos en pequeños tesoros.
Recorro otra vez todo el campo, hasta llegar a tu casa, a tu dormitorio y así contemplar latente tus ojos cerrados, tu pelo castaño… soy nuevo, un lirio intenso que acá esta siempre a tu lado y allá lejos está perenne contigo. Sí, mi Amor, ovillado en el capullo de seda de tu pecho dormido, alevilla lírica que se mantiene con tus mensajes y nace hermosa con tu primaveral mirada, con tu entrañable compañía y tus cálidos besos.

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