Una cigüeña errante que sobrevuela los verdes campos de mi tierra, que boga y pica entre la nieve de nenúfares que cubren las charcas. Un juego de plumas blancas y negras que agita suavemente las alas y ligeramente enrasa sobre el aire.
¡Una cigüeña!, tu melódico timbre de ruiseñor anima mi paso. Cariño, mi abismo se contrae, tu luz penetra en todos mis rincones y siento la necesidad de salir de aquí, de sacar todo de mí para explorar vuestro ser. Preciso, de forma casi cínica, inquirí en cada hermoso ademán que libremente esparcís; de preguntar cómo sois capaces de entretejer dibujos tan bellos, frases tan profundas y manjares tan deliciosos; de aprender que os inspira esa sonrisa tan amable que anhelo, a todas horas, besar; de soñar con vuestra melódica voz, modulada por cuerdas de arpa y moldeada en magra lengua, que deshace las frases en cánticos de ángeles.
Ahora mi espacio está entre vosotros, entre los laxos cartílagos de nuestro niño y por la Mar inconclusa de mi bella Amapola. Con estupor y celo, con cierto miedo de tiznar tan edénicas dimensiones, marcho diligente para cubrir el vasto piélago de vuestro corazón. Sé que me abruma la calentura, similar a fiebre de oro, mas no estoy enfermo de avaricioso deseo, sé que sólo me entrego para cubriros de dones… sinceramente, sólo me entrego por vuestro inmaculado amor.

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