viernes, 19 de abril de 2013

Autoinvitados


     Ayer fue un día aturullado y hoy transcurre la jornada con autoinvitado. Este mediodía, al recoger a Pedro, el pequeño aedo de la mitología egipcia y griega, viajero infatigable de fábulas, iniciado en esa quimérica senda de efigies gracias a mi Guapísima Diva, me dijo –hoy como en tu casa-. 

     ¡Qué emoción! –te saciaré con un plato colmado de doradas patatas y un gran filete que cuelgue por los bordes-. Antes pasé por su casa a dejar la cartera y permitirle que se despidiera con un enorme beso. Nos abrió Elena con un atuendo muy hogareño, bata descolorida y pantuflas raídas; yo muy tunante la bromee su sincero look. 

     Ahora tus dos niños están muy alborotados, acaban de dejar el juego de la guerra de las galaxias y, mientras se inicia en el ordenador el de Napoleón, disparan forcejeando con una pistola, se apuntan y siempre erran el tiro. Yo, aunque parezca ausente, estoy con ellos, inmiscuido en sus juegos, tanto que de vez en cuando simulo el dolor de una nueva herida, una de sus balas perdidas. Lo exagero bien, incluso me tiro desfallecido sobre el frío suelo, sangrando a borbotones y muriendo de felicidad. 

     Le tengo que llevar a casa a las seis y media, se marcha a Oropesa. Que envidia, con lo bonito tiene que estar el valle ahora. Me gustaría que Tú, Amor de mi vida, y yo fuésemos juntos…, reír y tomar unos refrescos. Aunque lo envidie, mi Amor, no padezco dolor, todo lo contrario, el cariño que me das me hace sentir sobrehumano. Siervo del reino de tu pecho y Tú, Reina de mi humilde cuerpo. Tras dejarlo iré a clase y a las diez, cuando regrese, mi padre estará en casa, mi hermano se va a Murcia y para que no se quede solo lo trae aquí. Mi apellido de manos lentas y ojos hundidos que, aunque la vida se empecine en encorvarle, siguen en su órbita brillando…, quiero que esté orgulloso de su sencillo y corto camino y por ello, siempre a su lado algo de cálido afecto, uno de sus hijos.

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