miércoles, 24 de abril de 2013

¡Ay!




     ¡Ay!, cuando a solas contigo esté, no sé con cuánta fuerza te abrazaré. Dímelo mi Vida, cómo he de ceñir cuándo entre mis brazos acoja el embrujo florido que me arresta cautivo. Dímelo cariño, que qué se yo, que ahora hasta siento miedo de acariciarte, pues es de tal índole el deseo que me atrapa, que azorado permanece tu niño.



     Sí, me preocupa y se torna inaguantable este recelo de, sin querer ni poder remediarlo, hacerte daño. Es más, llega a ser es angustiante la aprensión, por no decir que es pavor insoportable, de que la distancia, o la ausencia de mis caricias lacerando tu dorso desnudo o acaso este goteo diario de aguamiel, esta transcrita escorrentía del corazón, seas insuficientes y poco a poco te olvides de mí. 

     Ya ves, yo sólo me conformo con una brisa de leves besos, que, a duras penas mueva las hojas de los árboles, que peine la hierba y que la ahueque y entresaque al aire el sueño de que ahí, mi Vida, enamorada me aguarda. Como has podido sentir, si me acoges en medio de la calle Cañada, acobardado de hacer daño a una Amapola y con fe de que sentirás un abrazo verdadero, te hinco mis ojos y aún más osado reivindico sólo un par de besos de nacaradas mejillas. Eso me basta para ser ciego esclavo, ante el señor, de mi amada esposa. 

     Dime, mi intensa Casiopea, aun allí lejana, como sabes, tú Niño te obedece y, si allá no estuvieses, qué sería de mí sin ti…. Y no temas, mi Niña, que mis yemas te tenderán mi corazón a diario y no habrá nada, absolutamente nada que sea capaz de quebrar este vehemente pasión…, un amor de ensueño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario