Se me aturulló la tarde, con lo serena y cálida que estaba, tan intensa que no queda sombra alguna, que todo lo deslumbraba, que los inquietos y expertos cantores hacían gala de su maestría y las sutiles y hermosas flores adulaban con su beldad.
Pero sonó el teléfono y un humo abrumador cubrió mi sosiego y estancó mi mirada en la plomiza labor. Yo que voluntario y a diario cogería mi barco y a todo vapor, rompiendo las velas, zozobraría en el filo de tu boca, en la fina piel de tus muslos, me hundiría, mi Amor, en el remolino de tu ombligo…
Vibran las cuerdas de un violín, del contrabajo de tu boca surge “Un corazón que late…”, que aun a esa distancia se mantiene constate, escribe y describe sobre su mesa cuanto me ama. Por qué no habrá un pasaporte para cruzar esta frontera, ser libre y con fervor indomable morder, cuantos nos plazca, la mar de tu boca…
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