Crees que después de un día agotador, de marchar ajetreados cada uno por su lado, o de transcurrir una o varias jornada sin poderte halagar tal como mereces, mas nunca distraído, sería capaz de llegar a casa y sin más acurrucarme entre tus brazos, sosegarme bajo el enjambre de tus dedos, mi dulce Colmenero; y así, regocijado, caer dormido.
Pretendes que si así acontece y llega la noche, sólo me oville en tu cuerpo como capullo de seda tras concluir la faena, habiendo sido durante toda ella alevilla frenética que en silencio revolotea a tu alrededor; o que ya sin uñas, al superar los enormes lapsos de tiempo en los que termino estupefacto, febril e ido sorbiendo hasta el más exiguo reflejo que se sucede por los espejos de mi sien me orille como cuero seco sobre tu hidratada piel.
Mi Niña, tengo miedo de que mi voluntad se acobarde y mi corazón se desenfrene hasta el punto de que tengas que taponar mi boca, pegar mis párpados e incluso atar mis manos para dejarte dormir. Deseo darte toda una estación de primavera durante una noche, con masías pequeñitas, árboles exuberantes y arroyos cristalinos que surgen al nombrarlos diáfanos en nuestras sienes.
Sabes que entre las nubes de mi cabeza, en este edénico jardín por donde revolotean mis pájaros y en el cual sólo enraíza mi hermosa Amapola. Por ti, por ella, por esa poderosa flor abro y echo a volar mis ojos, los hinco, fijos, húmedos y vidriosos, pétreos y castaños luceros que se cubren de musgo; mitad en sombra y mitad paloma que día tras día va al encuentro de su alba.
Te escucho cuando escribo, siento como se desliza la Mar bajo las yemas de mis dedos, percibo como bañas mis nocturnos ojos, como empapas mis párpados y mis pestañas. Los refriego con mis dedos para contener la miel que ahíta las celdas de mi alma, olas dulces del pecho Colmenero, un enjambre de amor rompe, ahoga y mantiene rojo, terso e intenso como manzana a mi corazón.
QUE GANAS DE SENTIR MI FLOR
AL BORDE DEL OÍDO

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