martes, 29 de octubre de 2013

Al fin la noche



     Al fin la noche, en quietud a tu lado. Es preciso que me eche aquí, Vida mía, y que ceda el poder a mi corazón, pues mi razón no tiene capacidad de mediar tantos sentimientos. Es tesoro que acaudalo en mi pecho, una riqueza de valor incalculable, sobrecogedoras emociones y dulces recuerdos de amor que si me lo hurtan me infringen herida de tal gravedad que la misma vida se queda sin sentido..., se me va.


     Así, estando vivo, irremediablemente ambiciono más amor. Enriquéceme con esa sincera cuantía que me entregas por correo, haz que sea soportable esta codicia de apreciar tu voz o este deseo de poseer, aún tenga un precio inasumible y lo alcance de tarde en tarde, el cálido roce de tus mejillas, un diamantino beso de mi Amor, la concesión de esa alhaja tuya, de tu dulce saliva….

     Si mi sinceridad se agota, mi Niña, y me extingo como una vela sin cera e incluso fenezco pálido y frío. Tú, mi Amor, tienes el fármaco mágico, la droga que reanima mi vida. Tan sólo tienes que invadirme una noche con esa lencería sedosa y oscura que salpica tu blanca y aterciopelada piel. Con sólo darte una vuelta frente a mis ojos, como esa noche de navidad que abriste el abrigo. O con sólo arrimar las yemas de mis dedos, o la punta de mi lengua para que se apoyen imperceptible, estremeciéndote con cosquillas, como alas de mariposa, en esas curvas de locura engalanadas con la lencería roja que te regalé…; así Vida mía, Vida mía, Vida mía, Vida mía, Vida mía, Vida mía, Vida mía, Vida mía, Vida mía, regresaría del trauma de la pena más, mucho más intenso que el propio Sol.

Me es vital amarte, Amor mío.

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