Una manzanilla calentita, con limón y miel; embozado, hasta los ojos, en una manta de pelo de angora que temple esa sensación fría de lapislázuli que me estremece el cuerpo; y aspirando el ardiente soplo que exhala la incombustible candela que mora en tu pecho. Así, ovillado en el sillón, me advierto ligera pluma que se balancea en nacarado y cegador cielo, sin apenas nubes, tan sólo las limpias teas de tus sinceros ojos.
Es mi inquieta Diosa que en silencio vela por todo lo que abarca, mi Deidad hacendosa e infatigable, mi divina Maestra que enseña sin atributo ni distintivo mas, si abriesen su sesgado pecho, se quedarían hechizados, deslumbrados con tantas singularidades, tantas y tan meritorias. Sí, así es Ella, de tremendo brío y a
cerosa voluntad, toda, absolutamente toda aprestada por un corazón inmenso de cuarzo hialino, sin la más mínima máculas de rencor, y un juicio de sabiduría inalcanzable, de inteligencia alejandrina.
Aquí, paciente, flotando en hamaca, me envuelve la Mar de hebras de cachemira que siempre me mima, mas esta noche no me cuida con aspirinas sino me suspira que beba de sus labios caldo calentito.

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