Estoy bastante mejor, aunque aún siento como se enreda el frío en mis piernas, en mis brazos y sobre mis hombros. Amor mío, es tal mi sensibilidad que, al lamer la brisa mi piel, estornudo desbocado, sin poderme sujetar.
Hoy he dormido bien, sin madrugar, tendido a oscuras hasta que barrunté tus pasos por la planta de arriba. Imperceptibles en un principio, como una raíz de hierba buena que brega diminuta por la orilla, horadando mi pecho con tu aroma fresco, para purificar los capilares de mis alveolos; y después, ligeramente más alta, susurrabas con precisa suavidad mi corazón, hendiendo mi esternón con sanadores besos, -aquí tiene la cálida miel de mis labios-.
Por un instante no supe si yo andaba contigo o tú, Vida mía, florecías conmigo. Lo que aseguro, con franca sinceridad, es que sigo tus pasos de por vida, que busco todas las flores que depositan tus manos y que así, a diario, alzo la cálida taza de tu boca hasta ingerí el elixir que me mantiene en vida: tu perenne alegría, tus –buenos días-; Amor mío.
Así, en tu cuerpo abierto, esa forma de ser totalmente desprendida, crecí en tallo y me ramifiqué en innumerables y radiantes ramas, cuajadas de diminutas brácteas que enseguida comenzaron a desplegarse, poblando nuestra vida de colores, sonidos y aromas orquestales…. Tú, mi Luz, habitaste la casa de mi alma, te prendiste como cegador Sol y yo, antes oscuro y cuajado de ilusas estrellas, como la noche, me prendí añil, como lirio, una bóveda celeste que emboza cristalina tu vida.
Recuerdas, Vida, Vida, Vida, Vida mía, nuestros primeros pasos cundo, aún bulbos, nuestra tiernas yemas volcaron diminutas glebas. Cuando ambos corazones carnosos, empapados con esas lluvias que siempre nos recibían, dieron todo de sí. Hermosas planta que crecieron en una jardinera con asa de arco iris, con el tenue calor de un invierno apacibles y que invencibles, en la ribera de una charcha, se abrieron juntos al Amor con un inolvidable beso. Las corolas perennes de dos corazones….
TE QUIERO
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