Aportar, con suavidad y frescura, una lluvia constante que apacigüe la fragua diaria. No, no ser un mero calabobos, ni un simple y mensurable ciclo pluvial, sino ser tu impredecible sirimiri, para que siempre que me adviertas estés empapada de sortijas de amor, de misceláneas esmeraldas aspergidas sobre tu piel floral.
Seré, aun te suene extraño, una regadera inmarcesible que diluvie placer hasta que escampe cielo raso en tu sien. Sí, Amor mío, ansioso a todas horas y en todo lugar por lograr tan sólo una cosa, sobrehilar un delta tras tus ojos, un tren de cristalina miel, de ámbar dulce que eslabone mi alienada alma a tu perfecta forma de ser, Mujer….

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