Que frío hemos pasado esta mañana, por Cánovas íbamos encogidos, con las manos en los bolsillos y caminando muy deprisa, casi corriendo, para llegar pronto al Gran Teatro y guarecernos en el hall. Él tenía un concierto a las 11:30 y para colocarse, afinar los instrumentos y entrar en calor habían quedado una hora antes; todos han llegado helados como polos, pues aún visten las prendas ligeras de verano.
En casa le dije que las mangas de las chaquetas deben quedar algo cortas, que los puños de la camisa han de sobresalir por debajo de éstas para lucir, si es el caso, los gemelos. Pero que gran chasco me llevé, las mangas le quedaban demasiado altas, tanto que exhibía más de medio brazo. Así que, a volandas, tuve que rebuscar entre la ropa, por todos los cajones, para encontrar una camiseta oscura. Se tenía que presentar de negro y así fue, tanto la camisa como la camiseta de mangas cortas que llevaba debajo eran negras.
En el Gran Teatro, como en todos los conciertos, un auténtico trajín para llevar los instrumentos desde el furgón al escenario, sobre todo los grandes tambores de la percusión. En este caso fue un esfuerzo positivo, pues nos hizo entrar rápidamente en calor y, gracias a ello, se cumplió el dicho de que “a quien madruga Dios le ayuda”, él ya estaba listo, lo tenía todo preparado y, además, estaba a tono para soplar sin temblar.
Yo no me quedé a ver la obra, tenía que lavar los bajos del coche para pasar la ITV y aproveché para ello. De todas formas he asistido a tantos ensayos que ya me conozco todos los intríngulis de las obras que, por ahora, representan. Aunque, a decir verdad, es una gozada verlos tocar una y otra vez, yo disfruto como un niño chico que abre su juguete nuevo. Así es, en los ensayos, cuando el director, Pedro padre, hace hincapié en algún ligero descompás, o corrige el imperceptible tono del algún instrumento, descubro el juguete nuevo que hay dentro de la pieza musical y al tocarla, paso a paso, frase a frase siento lo maravillosa que es y advierto la cantidad de esbozos que componen esa bella obra.
Vida mía, no te puedes hacer una idea de cuánto te echo de menos en los ensayos. Me encantaría llegar contigo a ese salón, lo recuerdas, sentarnos en un rincón y boquiabiertos disfrutar de los múltiples detalles que componen una obra musical.
Sí. un día tal como hoy, sumándonos a los músicos, sintiéndonos partícipes de su gran labor, de su magistral función, cubrir nuestra sangre ardiente, nuestra piel erizada con nuestros mejores prendas e ir con el corazón en la boca a disfrutar juntos del concierto.
Amor mío, al subir los peldaños del Teatro, o al bajar por el enmoquetado y sombrío pasillo que lleva a las butacas, tender lentamente mi mano para que apoyes la tuya, para que me asgas con amor y, cediéndote siempre el paso, perfilar una sonrisa perfecta en tus labios y pintar un brillo de júbilo puro en tus ojos.
Sintiéndote, tal como ahora a mi lado, bailando sumergidos entre melodías de vientos y cuerdas. Amándonos de esta forma, así de fácil, notando, sin pronunciar palabra, que pisas mi corazón, que iluminas cualquier penumbra de mi cuerpo y que conformas, incluso en un concierto, una alcoba inmejorable donde con el alma hacemos el amor.
Acompáñame, Flor de mi vida, luce tu esplendor junto a mí, que tú me sabes cantar con amor, que tú me limpias de cualquier sombra con una llovizna hermosa de alegría. Sé que lentamente, e incluso sin lenguas, palpas el íntimo beso que se alza desde mi pecho, un beso constante e inagotable que mitiga el hastío de una Amapola, que hace que la estrella de su pistilo siempre luzca más que intensa.

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