Cómo puedo, Bienamada, esparcir imperceptible cariño dentro de tu lar. Dime, Amada mía, qué hacer para eliminar la pena que te desasosiega y dispensar el tenue y dulce aroma de primavera que mereces.
Articularé los nudillos de mis dedos hasta que me duelan de artritis y mi boca temblará sin descanso hasta que quede afónica y se agriete por descuajar la inquieta sangre que tromba mi corazón.
Dime cuántos profundos besos nos hemos dado en los labios y cuántos en hermosos e incontables sueños…; mi Niña, son tantísimos que me surgen y los revierto a raudales para plagar tu derredor, tu inmediato entorno, el único lugar que amo…, de inimaginables aromas, de bálsamos estimulantes como la suave fragancia del limón, o de esencias finas como el dulce olor de la canela o de efluvios frescos como el helor aterido de la menta…
Es tan irresistible el deseo de mimarte, de abrir mi pecho y desperezar todos mis sueños. Tanto, tanto te quiero Vida mía que te necesito como un niño perdido asiste una mano. Así, a todas horas requiero tu quemante mirada y presiento que está ahí, perenne, y que, como la Diosa que para mí eres, me observa en todo lugar y en todo momento. Amada mía, me urge perderme entre ensueños a jugar contigo, a compartir sentimientos y a erigir nuestro particular hogar. O sea, Amor mío, a cerrar las puertas tras de sí y a adornar nuestro latiente salón, bien sea hablando de tus querubines o bien de mi quehacer diario; a entrelazar caprichosamente las manos para arrecadar nuestra hirviente cocina; a aliñar el día a día con sinceros picos o con ardientes besos; o escanciar la saliva que nace desde el hontanar de nuestros corazones.
Mas al cerrar los ojos y advertir el sufrimiento de tu corazón lloro de incontenible dolor y, siempre ardiente, me consumo desquiciado en cenizas. No puedo asir esas manos que se secan otoñales, ni dar calor a la áurica espiga que abastece de harina al molino de mi Vida, ni siquiera raptar la centellante lágrima que se derrama entre sombras sobre la callada y apagada luz de su intensa mejilla.
Amor, canturrearé desmedido e incluso balbucearé entre sueños para ser una linterna cegadora que arroba cada esquina umbría de tu razón, una vela inagotable que desvela el hermoso arte que luce en las infinitas galerías de tu interior. Tú, Amor mío, sin querer has detenido mis pasos, me has paralizado dentro de un edén y ahora, y en lo que me resta de vida, permaneceré inmóvil disfrutando y dilatando los inagotables encantos que cubren las pelágicas paredes de tu alma.
Conseguiré, tal como tú haces en mi pecho, que en el reino de tu cuerpo se consuma mi vida en hoguera, me esforzaré para que se alce en llama inagotable. Prenderé, sólo para ti, un bosque repleto de fantasías, un bosque que duplique los aromas, una arboleda que atesore en impenetrables nudos nuestros innumerables secretos…; y prenderé esta espesa y celosa alegría para que estalle ensordecedora en el Reino de tu Pecho.

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