miércoles, 23 de octubre de 2013

Empapado


     Tengo los pies empapados. Hoy, en Badajoz, me cogió la lluvia de lleno y, aunque me cubría con el paraguas, terminé con los pies totalmente calados. Los dichosos paraguas sólo son para un rato, no para ir de puerta en puerta durante toda la mañana. Además, cuanto más los preciso menos me cubren, como es en el caso de la lluvia torrencial y arremolinada. Sólo sirven para esa llovizna ligera que ni siquiera llega a encharcar y, por supuesto, siempre que ésta se desencadene directa, sin brisa y por el camino más corto, vertical del cielo al suelo; y, cómo no, también son interesantes para esgrimirlos, para lucirlos caminando almidonado y encopetado de una buena presencia. Pero en todo caso, una cosa está clara, han de ser cómo los paraguas portugueses, de copa ancha y fuertes, que obligue a caminar por el medio de la calle, pues en el ancho de la cera no cogen, y que cobije a toda la familia, e incluso a los comensales.

     Para colmo todas las baldosas huecas eran mías, incluso algún que otro charco disfrazaba su reflejo para que hundiera, hasta bucear, los pies. Mas luchando con el paraguas y asiendo la cartera con ambas manos pasé la mañana siendo naufragando, no entre el llanto desconsolado del cielo, sino entre las lágrimas de hilaridad que nos provocaba la lluvia. Imagínatelo, Amor mío, zozobrando en tu corazón, hasta tal punto que el chaparrón era el orvallo ligero de tus besos. Me movía como un niño y así, mi Niña, te veía, churumbeles juguetones e indiferentes que nos esparcíamos en el aguacero, hasta tal punto que hambrientos de amor y de diversión nos diluíamos cristalinos en los charcos.

     Soy marinero donde quiera que esté, pues tengo una Mar Mujer, una Mar Amapola, que colma el puerto de mi pecho con bocanadas de belleza, con alisios de sinceras emociones, con Adamar de Amor limpio y virgen…. Una andanada de besos tengo que arrestar cada vez que vas al colegio, miedo me da estar cerca de ti. Mas, cuando estemos a solas, no seré capaz de contener el ardor que mantienes dentro de mí y, locamente enamorado, desplomaré una tempestad de besos para que rebose tu Mar, mía, de la felicidad que mereces.

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