sábado, 19 de octubre de 2013

Nube dispersa


     Esta noche no he pegado ojo, sólo podía yacer boca arriba. Si me recostaba sobre el lado derecho o sobre el izquierdo se me taponaba la nariz y angustiado, faltándome aire, no hacía más que dar vueltas para sonarme. Así que, para no estar tan histérico y, sobretodo, para no despertar a José, me levanté sin llegar a calentar la cama y, de nuevo, me embocé junto al teclado, para que tú, Amor mío, me cuidaras.

      A primera hora me sentía bien y me esparcía ligero y nómada, empapando las hojas con una lluvia de ideas limpias y frescas. Había restituido mis fuerzas y era nube dispersa capaz de trazar el papel con la velocidad de los rayos. Así se descubría la noche, sin estrellas ni Luna, sino cubierta de un voluminoso manto de algodón que, con los relámpagos, daba a luz desde sus entrañas.

       En cada gota de sangre recogía el aroma otoñal de la paja húmeda y lo transportaba por mis venas hacia mis yemas, para depositarlo, Dulce mía, en estas hojas de vida. Cuando las leas libarás mis labios abrasadores que, comiéndote a besos, se adherirán a tu rostro como miel fundida y se ceñirán a tu vientre como cinturón de fuego. Así, bajo esta tormenta de amor no debe quedar cultivo sin empapar, por toda tu piel he de llover, agua para que hasta tus dulces pies brillen como plateados peces.

     Ahora, desmayado por la falta de sueño y agobiado de no respirar, soy destello de humilde fósforo que, incombustible, precisa estar entre tus dos manos para que no se extinga en frío. Ya, la nube del cielo se arrastra por el suelo, la nube, de corazón completo, se hace niebla que se adhiere como tibia cortina a tu cuerpo desnudo. Preciso que irrigues mi linfa blanca, que la tintes con abigarrados matices, que la abrigues con la paz profunda de tu cálido pecho.

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