viernes, 1 de febrero de 2013

Cuánto tiempo estaré sin saber de ti

     Cuánto tiempo estaré si saber de ti, mi hermosa Mujer. Desde esta tarde hasta cuándo permanecerá muda la ventana. Envejezco, mi Niña, con estas lastimosas despedidas, me siento como héroe inútil que ni siquiera puede lanzarse a la hazaña de asistir a su gran Amor.
     Tierno me doblego, mis grandes ojos abiertos y pensativos se secan como pétalo y mi latiente pecho se retuerce buscando en lo más profundo del sueño, dibujando tu nombre, regresando a todos los rincones donde nos hemos amado, sintiendo de nuevo esos vientos y pisando las mismas veredas; pero aquí sin la inquietud que alguien pueda hurtar nuestros sentimientos.
     Mi Vida, tu pecho contiene un jardín inmenso, primaveral, rebosante de miel de única flor, no una miel cualquiera, fundida y golosa, sino una miel de Mujer, la miel que surgió de sus entrañas, endulzó mi sosa soledad y curó los males que enfermaban mi alma.
     Mi Amor, pretendo, con estos renglones, que sientas de nuevo la tiritera que aquel día estremeció todo mi cuerpo, el temblor que a través de los brazos llegó a mis manos y se esparció por los lares sempiternos e infinitos que conforman tu risueño corazón. Mi Niña, así, con un solo beso, sembraste el amor en mi vida, amor bueno y puro, repleto de ilusiones, de ambientes peculiares y de caprichosos gestos.
     Amapola mía, similar a ese primer besos son todos los demás, son como semillas, desde ese del Villar del Rey hasta los de esta tarde, son todos mágicos, sí porque ahí, en tan ínfimo lugar, tras la cáscara de la semilla, coge todo un árbol. Pruritos tan finos y singulares, que se transmiten con la boca, se siembran en el alma y crecen frondosos en el corazón.

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