Ya ultimaré lo que me queda por hacer mañana, ahora a grandes zancadas voy a tu lado, me necesitas. Hoy, en el sillón, o recostado en el respaldo de la cama o en esa humilde casita que a la par soñamos, con cálida chimenea y alegre patio, deseo ser madre que templa a su cachorro, sólo para ti, arremolinado durante horas, caracoleando lentamente tus cabellos, risueño y sin que nada pueda turbarnos. Mi pecho tu almohada, mi piel levemente te mecerá y mis latidos, algo graves y brotando del jardín que tú cultivas, reverberarán por los laberintos de tu preciosa sien.
Me deslizaré en lo más hondo de ti, como evidente elefante y no como dudoso sombrero, y allá intentaré ser siempre una luna llena muy cercana, un globo de feria fulgurante como Sol o una balsa de agua cristalina que de noche abrace todas las estrellas. Tú Maestra mía, tal como primorosamente haces, haz que mi espíritu retorne a la inocencia de un niño, me esforzaré en aprender, en entender cuan hermosa es la vida y eternamente enamorado pediré limosna ante las puertas de tu corazón. Mi vida, cuando te amargan y postras entre las piernas la cabeza, no por ser como eres, pues eres sencillamente maravillosa, sino por hacerte plañir en una celda sin luna, en una celebración sin globos fúlgidos o en una laguna turbia y sin estrellas, yo me marchito ensombrecido, de luto porque mi delicada Amapola llora.

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