sábado, 23 de febrero de 2013

Hola


     ¡Hola!, ¿te han quitado los puntos?... Sabes, Amor mío, que a mí cuando me extrajeron las amígdalas me regalaron un camión enorme de bomberos… Te preguntarás a qué viene esto, pues bien simplemente quiero allanar el camino, o sea, templarte para que no te enfades. Esta mañana (ayer viernes) tenía una menudencia en el bolsillo y, en nuestros escasos segundos, no me armé de valor para dártela. Mi deseo era que fueses al ambulatorio reverberando alegría, que tendieses audaz la mano y así, los enfermeros, pudiesen deshilvanar la seda de tu piel.

     Sé que habrás tenido sumo cuidado de que no rompan el pespunte que mantiene ligada nuestras vidas. A ver si se van a equivocar, pues ya sabes que mi corazón, desasido de mi cuerpo, está amarrado a tu pecho con irrompible bramante de venas y arterias; es imperioso que esa guita abarloe mi alma a tu alba Ensenada. Sí, mi Amor, es vital que tu Cala siempre me irrigue y me mantenga anegado, que temple mis ascuas para que no se consuman en espontánea deflagración, en indómita llama de insania.

     Este dadivoso gesto que te pretendo dar, tan sólo es un caramelo dulce servido por atento lacayo. Tu paje de amor siempre, hasta morir, se desvivirá por criar hermosa a su Amapola, por mantener el cabo que nos liga la vida. Con un ungüento brujo, con una especie de vaselina perfumada con jengibre, canela y limón, con brisa matutina, jara y relente de ribera…, ungiré el cordel umbilical que a todas horas trenzo; con el que nutro y empalago con plétora de querer el carpelo de mi Flor. Así, con mis yemas, manipularé minuciosas rimas de orfebrería, conformaré versos de alfarería y urdiré mecha de apasionada vela que mantenga ardiente e inextinguible la llama de amor de nuestra vida.


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