Es curioso, cuando
regresaba del Cuatro Caminos con David, Pedro y Juan, los mirlos estaban erguidos y
batían eufóricos las alas, como si el entorno inmediato les hubiese sonreído o
la calle Delicias contagiara simpatía y puliera desaforadamente el espíritu de
esos gráciles pajarillos. Incluso la mágica claridad que inundaba la calle se
reflejaba en las semillas del acebo con una intensidad inusual y fulgían con un
color Corinto, casi violáceo, atípico. Así, surgía de las semillas que cubrían
los setos y de los azabaches de las avecillas una frazada cálida de
fosforescencia que estimulaba mis sentidos con una emoción peculiar y, aunque
parezca extraño, muy propia. Todo ello me evocaba en el paladar un dulzor
inenarrable, en la piel me vivificaba un estremecimiento inconcebible y en el
aire flotaba un perfume… ¡Ooooooh! no puede ser tan misteriosa su querencia, no
estaba allí mi Dama y sin embargo todo había mutado edénicamente. Quizás ahí, en
esta calle, se apoye el marco del arcoíris que vimos en nuestro primer paseo
bajo la lluvia, pues me sobrecogió un extraordinario placer indicando que aquí
debe estar mi Tesoro, mi Amapola, mi Vida…

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