Que nervios, ya no queda nada para nuestro día de S. Valentín, tan sólo veinticuatro horas para consumar con tímidas caricias el vehemente deseo de estar juntos. Así es, un día, sólo un día para que el vínculo, que normalmente disfrutamos por correo o por teléfono y que nos hechiza cuando estamos solos, se clarifique lentamente como la luz del amanecer. En cambio, en nuestro caso, el sueño no se desvanece como la noche ante el alba, sino se inundan más y aún más hasta rebosar en forma de enérgica sonrisa, de chiribitas en los ojos y de tersura en la piel, tan intensa que nuestro cuerpo se torna hialino, limpio como el cristal y sumamente sincero.
Por qué S. Valentín tiene que durar veinticuatro horas, por qué no será un día tras otro, trescientos sesenta y cinco días o por qué no puede durar eternamente. Tan difícil es que la luz que ocupa toda mi vida colme las noches completas, ser capaz llenar todo mi tiempo con el grato placer de expresar sentimientos, de no dejar nunca de pensar en ti, mi Amada, de sincerarme sembrando tu corazón con prosa o con verso, auxiliada con la imagen y la música adecuada. Por qué no se puede trasladar este idílico placer al mundo terrenal, que a plena luz del día y en cualquier lugar me atreviese a perfilar tu sonrisa sobre papel, o tu mano con ese diminuto escarabajo, o tu honda, sombría y estrellada mirada; o describir las yemas de tus dedos alrededor de mi cuello, o las palmas de tus manso en mi espalda o tus labios mordiendo mis carnosos labios.
Un S. Valentín como luz de Sol, o como firmamento estrellado, o sólo adornado con la sutil luz de la Luna. Un S. Valentín que luminoso se alterne día y noche y que, además, salte de día a día y que… siempre, aunque parezca imposible, mantenga esta vehemencia, que no es otra cosa que decir, repetir y gritar que Estoy Locamente Enamorado de Ti, mi Amapola.
Te dedicaré Pasión Extrema, así es, un Cariño inédito, hasta llegar a la senectud y rendirme; no antes sin haber disfrutado toda una Vida del Amor Único que me dedicó mi Amada.

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