Desperezo sin hilera de cañas amarillas y raídas, mostrando todas nuestras flores, no una Amapola y un lirio sino miles de singulares y plurales formas adoptadas por bellísima Amapola y cariñoso lirio. Hoy mi radiante Flor yace hermosa y horizontal, revolviéndose inquieta de un lado para otro bajo tersa sábana y arrebujada a una colcha de lana.
Su cuerpo está adentro y yo aquí, a su lado, marco mi pecho, trato de sacarme todo al aire, y es que, mi Amor, busco sembrar mi hálito ahí, a tu alrededor, lago vaporizado que dispersa colores encantados al ser cruzado por la luz que tú le das cada día. A veces, sin jaula y algo arrutinado, me aflijo en niebla plateada mas, lentamente y sin pausa, persigo tu aguda y viva luz roja, resurjo de los vidrios metálicos y monótonos y renovado trepido como caireles colgados del cielo. Otras el lago, rociado a tu alrededor, se siembra como puzle de flores, encajándose como mágica pantufla a tus pies, para que levites dichosa y con ansiosos deseos de superarte en el escenario de la vida.
Ahí una Botella que nunca tocará tierra, que siempre permanecerá brillante como córnea de ojo, que jamás en el tiempo se empañará, pues siempre rehuiré de los males que causen lágrimas, que se sequen quedando depósitos salitrosos en su vidriado corazón.
Miro hacia tras y me alarmo por haber perdido tantos días, ello me lleva a un ocio terrible, descomunal y desenfrenado; ni un nuevo día he de perder el tiempo, siempre para ti, mi Niña, he de ser así de apasionado, de intenso.
Rompe dispersa locura,
disipa cualquier duda,
deriva en una botella
el amor de un poeta.
Oleaje de literatura,
delirio de crisopeya,
dame onomatopeya;
sólo tu ósculo me cura.




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